La política, entendida como diálogo entre los representantes de los ciudadanos por el bien de la res publica, ha sido fulminada. Obviamente, esto ha sido un proceso, no un suceso súbito, pero el resultado ha sido su extinción, su imposibilidad.
Hoy en día, el sistema de partidos -que se supone representan ideas plasmadas en un proyecto de sociedad determinado- ha derivado en organizaciones cuyo propósito es ganar votos, para estar en el poder u oponerse a éste de manera destructiva. Que un consejero de un gobierno que se dice socialista objete a las entidades sociales que “la pobreza infantil no le importa a nadie”[1], siendo esta del 36%, pues deja a cualquiera con conciencia helado. Según este tipejo, la encuesta de preocupaciones realizadas a la población muestra que la miseria de niños no aparece en el top 10. Claro está, seguro que este estudio de opinión está hecho preguntando a los ciudadanos autóctonos, y que la población más afectada no ha sido tenida en cuenta. Es un sesgo interesante, ya que detectan el sentir de la población que tiene derecho a voto, y si ésta se siente más preocupada por otras cuestiones, pues, aunque él conozca la realidad y se diga socialista, no llevará a cabo políticas de lucha contra la desigualdad social ni la pobreza porque los que votan no están preocupados por ellas.
Las máquinas de sumar votos son un peligro contra los derechos básicos de los individuos, y de las comunidades, que, aunque en sí no sean sujetos de nada, sí es cierto que como tejido social sujetan a los individuos que forman las comunidades políticas.
De lo expuesto, podemos concluir que ya no hay política, sino una carrera despiadada por conseguir los votos de los ciudadanos y alcanzar el poder. Ese deseo de poder, que no es político sino particular, debe llevarnos a cuestionar qué pretender obtener mediante el poder. Ya que sus palabras y acciones son opacas y con voluntad de engaño, se vuelve urgente plantearse e indagar qué hace cada partido político que consigue el poder en Ayuntamientos, Comunidades Autónomas o el Gobierno central -estoy refiriéndome a la organización del Estado español-. Probablemente, todos tienen algo que esconder ya que gobiernan bajo el mandato de lo que le dará votos y les mantendrá mandando, qué están obteniendo mediante esos votos, que queda oculto a nuestra vista.
Si las democracias no se repiensan tenderán a desaparecer. De facto, es lo que está sucediendo y EE. UU. es el ejemplo más caricaturesco y doloroso. Los sistemas de gobierno, aunque se digan democracias, serán autocracias con una población en pugna contra el excesivo e inconstitucional poder que se arroga el dictador. Hasta que se quemen las constituciones -como ya se hace con los libros- y se creen otras supuestas constituciones, que legalicen el poder absoluto que ostenta el líder antidemocrático. El conflicto entre los tres poderes tiene lugar ya en muchas democracias, bien las que quedan, y parece que el ejecutivo es el que acaba dilapidando los otros.
Analicemos con rigurosidad lo que está en juego sobre el tablero porque nos estamos jugando mucho -identifiquemos en concreto el qué- y desconfiemos de las máquinas de acaparar votos porque no están al servicio de la sociedad, sino al suyo particular.
Los tiempos cambian, y con ellos seguimos en bucle escribiendo la historia. Si no vislumbramos hacia dónde, no podremos decidir si es así como queremos vivir o no. A lo mejor nos sorprendemos y se produce algo nuevo, aunque soy bastante escéptica.
Aprovecho el presente escrito para exigir la libertad de Pablo Hasél, quien en comparación con las barbaridades que hemos oído a líderes internacionales, él es recatado.
[1] No puedo dar datos concretos al respecto, porque desvelaría la fuente.
