Tras más de veinte años dedicada a la educación -mediante la Filosofía- que un alumno quiera contactar contigo de nuevo, vivifica esa emoción que me impulsaba a procurar cuidar de las personas. Seguro que, entre los miles de alumnos que tuve, hubo muchos que vi, pero no supe mirar -aquí se podrían invertir los verbos, pero no voy a detenerme en eso-, y por ello pido perdón a los que se sintieron ignorados.
Retomando la cuestión principal que alguien desee sentarte frente a ti a modo “martes, con mi viejo profesor”(1) es muy gratificante. Siento que fue una dedicación que hizo bien a algunos, al menos, y espero que daño a pocos. Personalmente, prefiero retomar esa relación ubicándola en el contexto actual, es decir, dos adultos que se cruzaron en la vida en diferentes circunstancias, pero que pasado el tiempo la relación puede volverse más horizontal.
Sorprende constatar lo que cada uno ha hecho de su vida, cómo han luchado, las dificultades y momentos duros que han atravesado y cómo a pesar de eso, la Filosofía ha constituido una herramienta a la que recurrir en algunas circunstancias. Eso es doblemente emocionante, ya que no solo tuve el privilegio de poder conectar con algunos de ellos, sino que eso hizo que la Filosofía cuajara en sus vidas, aun dedicándose a disciplinas que aparentemente nada tienen que ver.
Tampoco hay que ser exagerada, de los miles de alumnos que tuve, mantengo contacto con cinco o seis. Aún así es un regalo enorme.
He sostenido, desde hace años, que la vinculación emocional con los alumnos es un factor clave para el aprendizaje, más aún de una materia privilegiada como es la Filosofía. La adolescencia es una etapa difícil y algunos lo pasan muy mal; encontrarse en su vida con alguien que intente escucharlos y acompañarlos con más o menos habilidad es fundamental para la autoestima del alumno/a y para su desarrollo emocional e intelectual, que están imbricados.
Quiero agradecer, desde aquí, a aquellos alumnos que me han permitido seguir sabiendo de ellos y charlar desde una perspectiva diferente, y a todos los que no manteniendo contacto sintieron que algo surgía en ellos con la Filosofía.
Podría hablar, ahora, de lo duro que es educar, pero solo lo entenderán los que se dediquen a la educación. El escaso tiempo que se tiene para dedicar a los alumnos de forma personalizada y cómo eso va siempre a cargo del tiempo personal del profesor. De cómo la burocracia absurda absorbe horas, rellenando papeles cuyo contenido es una formalidad que para nada refleja la realidad. Esta no puede reducirse a formularios y estructuras rígidas, porque es muy cambiante, dinámica y si no lo fuera, mal estaríamos educando. Así que entiendo y apoyo las reivindicaciones de los profesores, al menos de Secundaria, que es lo que conozco, porque las condiciones no permiten trabajar bien, y quien lo consigue está dedicando muchas horas de su vida personal.
Bien, para acabar solo puedo dar las gracias a los alumnos que tuve y a que educar fuese en mí una vocación que me ha dado mucho.
(1) Martes con mi viejo profesor. Un testimonio sobre la vida, la amistad y el amor Mitch Albom ed. Maeva.
