Se escribe instante a instante, con el palpitar de cada cuerpo, cada dolor y cada goce. Escribir significa aquí cavar una hendidura con cada latido. Otra cuestión es quién la explica. Seguramente aquí reconozcamos el sello de los poderosos -poder y dinero van unidos-, los que se creen protagonistas necesarios de un relato que construyen para ubicarse como líderes imprescindibles. Se olvidan de que todos somos contingentes, y que la narración histórica puede ser reescrita desde una diversidad de perspectivas.
Como muestra, pensemos en cómo explicarán el conflicto actual en Oriente medio un israelí, un libanés, un iraní, un palestino, un estadounidense, un francés. Y, en cada una de estas nacionalidades, un amplio abanico de narraciones.
De ahí que, la historia que se escribe no es la historia tal y como fue experimentada por los sujetos, sino por una parcialidad de ellos. Además, ya que todo humano vive y hace historia, su narración tiene la función de hacer inteligible de manera lineal algo que no se da de esta forma. Siendo pasado y presente, la historia es un fluctuar de momentos azarosos, o no ya que hay cierta relación entre un suceso y otro, pero lo que debemos examinar es no solo las relaciones intrínsecas entre unos acontecimientos y otros, sino la falta, la carencia de telos de lo que denominamos historia. El finalismo es una manera de justificar acciones del pasado para que reluzcan como necesarias bondades. Además de estimular la creencia de que la historia es la narración del progreso humano. Y aquí, entramos en un terreno pantanoso, ya que esta convicción inclinaría a afirmar que todo lo acontecido, todo, fue por necesidad en favor del progreso.
Si hay alguna idea caducada hoy en día es la mismísima noción de progreso, que solo puede ser venerado por los que tienen el poder y relatan la historia oficial. El progreso es la estrategia para legitimar lo inaceptable, y está de sobras que liste la cantidad de aconteceres que podemos tildar de amorales. Sin moral alguna, sin conciencia de los legítimo o lo ilegítimo, la ley del todo vale para aumentar el poder político y económico, no solo de estados sino también de sus gobernantes.
No abogo por escribir la historia, sino por sustituirla con el mismo reconocimiento por las historias.
