Escupiendo culebras envenenadas que acierten alternativamente su diana, descargamos la inquina que nos horada. Sin embargo, esa rabia parece infinita: no se sacia, y desea más objetos que sean sus víctimas. Y es que, cuando el resentimiento y el odio borbotean en el interior, fluyen como reacción a un daño básico sufrido. Nadie, ni nada
