Hay urgencia en las palabras y los gestos del reclamo del mundo. Una ansiedad atolondrada que se desplaza a tropezones imponiendo un ritmo de taquicardia continua, a todo lo que intenta vivir.
Semejante a una forma impostada de estar a la que nos adherimos para no desentonar y que acaba centrifugándonos. Será la pesadez de una estructura social estragadora, el peaje de aspirar a lo supuestamente mejor que no sabemos dónde se halla.
El resuello que resta tras unos días de vuelta a la”normalidad” nos lleva a desear “anormalizarnos”, movernos fuera de norma, para poder respirar aunque sea marginalmente.
