Hace algunos días una madre valorando el cambio de colegio de su hija afirmó con contundencia: “todo lo nuevo gusta”. La que suscribe el texto, perpleja ante tanta superficialidad y frivolidad, asentí con media sonrisa impostada deseando que desaparecieran de mi vista, porque ya los conocía y en el fondo no me sorprendió su insustancialidad.
Lo preocupante es que si su sentencia me alteró es porque sé que conecta con el sentir de parte de la sociedad que voluble y sin criterio se deja seducir por esos aires de novedad en la moda, en las vacaciones, en el peinado…y en la educación de sus hijos. Y todo esto sin ningún espíritu crítico, carente de todo análisis y tan solo con las antenas alerta a lo que resulta de más clase.
Cabe decir que, esta familia había cambiado a su hija de una de las denominadas escuelas de la nueva educación a otra absolutamente tradicional. Así que “lo nuevo” no se sabe exactamente dónde se sitúa en la mente de estos padres y su desorientación respecto de lo que hacían es evidente. Su criterio no era la metodología de enseñanza, quedaba claro. Creo que eran ajenos a esta disputa.
Pero de la misma manera que esa falta de información y de análisis lleva a una familia a un aparente sin sentido en contra de lo que le dictaría su voluptuosidad, es cierto que ante la falta de claridad y trasparencia otras familias pueden caer en las garras del que mejor ejerza de sofista, sin haber profundizado en los planteamientos educativos de fondo. Hay padres y madres que se preocupan y sufren por dar la mejor educación a sus hijos y merecen ser orientados honestamente porque no están “comprando educación” aunque algunos parecen “venderla”.
Y concluyendo, no todo lo nuevo gusta, porque la novedad no puede ser el criterio de nuestras preferencias, a no ser que decidamos sucumbir al culto a lo nuevo, como fuente de inspiración, y denigrar el ejercicio de la razón a dirimir dónde se halla la novedad.
