Si no sabemos vivir, tan solo existir, consumiendo el tiempo hasta lo inevitable, ¿A quién rendiremos cuentas sino a nosotros mismos? Quizás a los que comprometimos por el camino como si lo nuestro fuera vida, cuando éramos ignorantes y por tanto inocentes, porque el engaño exige la voluntad y la conciencia de falseamiento.
La sabiduría no es nada mágico empaquetado en eslóganes que interiorizas a base de cursillos y papelitos de colores ornamentando tu casa. Si así fuera, podríamos expedir títulos de sabios a distancia. Algo parecido ocurre ya.
Seamos serios, la sabiduría no deja de ser una utopía que orienta nuestro intento de vivir, mientras existimos.
