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A propósito del día mundial de la salud mental –que entiendo como un eufemismo porque no recuerdo su correlativo de la salud física- desearía hacer alguna reflexión sobre cuestiones que están en pleno debate y que van asumiéndose casi como verdades incuestionables.

Me refiero a la patologización de la infelicidad como si todo estado de insatisfacción y tristeza permanente fuera una enfermedad o trastorno mental. Cierto es que hay poderes interesados en ello, la industria farmacéutica,  tal vez los colegios de médicos y psicólogos, poderes políticos y económicos que en esas circunstancias pueden ejercer su control con más facilidad, etc.

No obstante, me detendría a analizar cómo el contexto social y familiar se ha ido modificando y generando entornos menos favorecedores de una crianza sana para los individuos: la desestructuración familiar y los nuevos modelos de familia poco definidos aún, crisis de autoridad y una falta de referentes y de límites en el entorno social, traslado de responsabilidades de la familia que al entrar en crisis cede funciones propias a la escuela, la dificultad de compaginar la vida laboral con la familiar. Y estos son factores generales que hacen referencia a la mayoría de la población, después existen otros menos abundantes, pero con una preponderancia importante que afectan directamente a la crianza y futura salud mental de los niños: drogadicciones, alcoholismos, ludopatías, enfermedades mentales, violencia familiar,…

Sabemos que los primeros años de vida de un niño son fundamentales en la estructura de su personalidad y en su manera de afrontar la vida. Aunque su predisposición genética intervenga más o menos, un entorno que favorezca la aparición de psicosis o trastornos en la personalidad es causa suficiente para que se vayan manifestando con mayor o menor virulencia a lo largo de la vida. Unas ya en la infancia y la adolescencia y otras los primeros años de juventud.

Por esto, al margen de que pueda haber intereses en patologizar las dificultades del vivir, hay razones para que el vivir se torne en sí mismo patológico.

Además si los individuos de hoy presentan un grado de infelicidad tan permanente y elevada, que les lleva a una depresión, por el sin sentido o el vacío que sienten, deberíamos plantearnos también, que tal vez la sociedad postcapitalista, esa cuya elasticidad de los principios del consumo ha llegado a lo paradójico, está produciendo cortocircuitos en las neuronas entre los medios y los fines que son un círculo vicioso sin objetivo al fin y al cabo. No es muy difícil acabar en un estado de deterioro mental que roce lo patológico.