En la encrucijada en que crujen los caminos solo hay desencuentros lacerantemente agudos, que como diásporas de poros cutáneos se extienden por doquier.
Languidecen los gestos, las miradas y se espesa el intento de recomponer lo habido y por haber.
Quizás, sí valga la experiencia acumulada de indignaciones, no para reparar -que podría ser-, sino para extenuar la capacidad de recuperar la confianza.
¿Qué sentido tiene recomenzar si siempre recomenzamos? No hay perdón posible sin final del agravio. No hay final del agravio si contemplamos siempre la posibilidad de repetirlo. No hay auténtico recomenzar si no hay un fin de la repetición.
Languidecemos si el perdón que ya otorgamos fue ninguneado.
