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El frío tensaba los músculos involuntariamente, y ese gesto que tú no podías hacer volvía a invadirme de ti. Me sentía un ser envuelto en una nebulosa esponjosa, triste y nostálgica que era zarandeada hasta desproveerla del rastro doloso y exigirle casi una sonrisa de halago. Sí, aunque solo fuera por el privilegio de sentirse esponjada por esa tenue presencia. Pero era difícil no degustar pena y llanto, cuando el helado viento del invierno provocaba esa tensión muscular que ya siempre sería nostálgica, triste y un zarpazo hiriente.

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