La esperanza no puede ser dinamitada ante la mirada cristalina de un infante. La resistencia de su genuino candor renace con más fortaleza tras cada tropezón. La vida se proyecta entusiasta con poderío hacía el futuro, que se antoja opuesto al presente. No se debe reventar la confianza de un niño.
De adultos, cuando se diseca toda ilusión, resta aferrarse a exprimir el instante, como presente absoluto, sin ver horizonte alguno. La ausencia de porvenir se compensa con un carpe diem frenético o entregándose a la melancólica incuria que nos hunde como cuerpos inermes.
Pero el crimen de matar la esperanza de un infante deriva en condenarlo a una existencia de locura iluminada, esa que se diagnostica para no soportar la verdad.

Singular: 1 comentario en “Locura iluminada”