No puedo desapegarme de la vertiente velada del día de hoy que con los años se difumina. Ese temprano amanecer en que con miedo y emoción acudí a dar a luz a mi segundo descendiente y mi única hija. Iba alertada por mi anterior experiencia sobre cómo debía comportarme para minimizar mi sufrimiento –siendo claros- y disfrutar de un parto que nos hacía tremenda ilusión porque éramos tres os que la esperábamos y para su hermano la espera de meses fue algo casi de ciencia ficción.
Así que en ese sentido pragmático todo salió a la perfección. Dormí mientras dilataba, entre conversaciones y bromas con mi pareja sobre que aquello parecía cualquier cosa menos un parto, y llegado el momento culmen la criatura solo necesitó de un empujón para presentarse ante el público redondita, tranquilla y un primor –ya apuntaba rasgos de su carácter- Fue un cúmulo de sentimientos inexpresables los que me desbordaron cuando, sin haberle cortado el cordón, el ginecólogo, la puso entre mis brazos y allí permaneció unos minutos mientras su padre y el médico procedían a zanjar la cuestión de la dependencia física por siempre. Ella, por mucho que cortaran miembros que debían restar inertes al salir al exterior, seguía dentro de mí, intensa y profundamente hendida, con una profundidad que nos iba a costar a ambas equilibrar para que pudiera incorporarse al mundo. Mientras su hermano y yo aún librábamos la misma batalla.
