El libro de la vida

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La expresión “el libro de la vida” se usa a menudo con un sentido diferente al que tenía en su origen. Usado en el Antiguo y el Nuevo Testamento el significado coincidente residía en considerar el libro como aquel que contenía la lista de los que se salvarían e irían al cielo, a vivir la auténtica Vida. Posteriormente, y hoy para nosotros, implica el cúmulo de aprendizajes que obtenemos a lo largo de la vida, haciendo un paralelismo con lo que pueden ilustrarnos teóricamente la lectura de libros, el libro de la vida es la experiencia adquirida, lo aprendido viviendo.

Ahondando en este último sentido podríamos afirmar que, de hecho, cada uno escribe “el libro de su vida”. El vivir no es más que la escenificación de una tragedia, esa joya artística que emergió de la cultura griega, y que cada uno, como protagonista y por ende testigo primordial va novelando según su estilo literario y dejando la huella de un libro más de la vida.

De esta forma la metáfora del “libro de la vida” puede operar como tal a nivel individual o como estímulo para aquellos que siendo escritores deseen dejar su biografía como una encarnación de un libro de vida.

Lo relevante es que las vidas ajenas son ejemplares y funcionan como espejos en los que nos miramos para revisar nuestras vidas. Por ello no hablamos de abstracciones hoy en día, aunque usemos una abstracción, cuando nos referimos al “libro de la vida” sino a nuestra experiencia y al cúmulo de la de individuos concretos que nos sirven de referente para tomar decisiones y orientarnos en la existencia. Así, es de agradecer el gesto de aquellos que nos han legado el “libro de su vida” porque es una realización ejemplar de los referentes necesarios.

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