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Quien escribe en su propio blog, ejerce la censura sobre sí mismo. A menudo, la tentación proviene de la “necesidad” de no pisar tierras movedizas, no desmarcarse de lo políticamente correcto y, en definitiva, no parecer un retrógrado en una sociedad, como la nuestra, donde solo cabe lo que no tiene límites -¿paradójico, no?-

Así, la autocensura deviene una condición sine qua non del éxito virtual, en el que los internautas aspiran a leer lo supuestamente subversivo. Ya, clarifiqué en un post anterior que, acaso no se haya producido una inversión de la subversión, y que en consecuencia lo normalizado y políticamente correcto sea ya lo anómico, lo que antes era perseguido es hoy el perseguidor.

En este sentido el bloguero puede escribir siguiendo la pauta de su dialéctica interior y con transparencia, caiga donde caiga, lo pensado, o ser esclavo de las tendencias y audiencias virtuales como si de exigencias comerciales y editoriales se tratara. Quizás esta actitud sea algo esquizofrénica, porque no se extrae tributo auténtico, y uno se vende al mejor postor, a lo públicamente dominante según los medios de masas, sin tener el placer de escribir lo que se quiere realmente.