Las Revoluciones, reliquias del pasado.

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Teniendo en cuenta, el carácter de lo que hemos denominado revolución en Occidente, tal vez ya no tenga cabida tal acontecimiento. Queda, pues, resignificar lo que hoy puede ser revolucionario, si es que nos duele abandonar ese término por nostalgia. Anteriormente, se entendía por revolución un cambio fundamental, brusco y radical en las estructuras políticas, socioeconómicas o culturales de una sociedad. No parece que dislocar, como ruptura radical, el sistema capitalista, que todo lo configura, sea posible.

¿Qué nos queda por hacer? ¿Desde dónde se puede actuar para mejorar las condiciones de vida, asumiendo que la estructura económica y social es el capitalismo? ¿Cómo ser hoy un agente de cambios?

Damos por supuesto que, el capitalismo fortalecido por las tecnología -entre ellas como destaca la IA- se ha filtrado hasta el tuétano de cada uno de los sujetos; ya no es una estructura que tan solo nos encorseta, sino que se halla en cada tejido de nuestro organismo -como los microplásticos-. Este supuesto se sostiene solo con intentar imaginar la improbable tenacidad de un colectivo que intente cambiar de sistema, y cómo ya no solo es la violencia del Estado directa y visible, sino en última instancia la ambigüedad de lo que ese hipotético grupo revolucionario desea cambiar, y, por ende, lo que está dispuesto a perder para que esa radicalidad sea viable.  Estamos tan inmersos en el sistema que no nos damos cuenta de que las cosas más nimias han pasado por el proceso capitalista y sin ello no podríamos disfrutar de ellas, mientras hacemos la revolución. Es algo así, como si entre cada acto revolucionario, deseáramos descansar al abrigo de los placeres que el capitalismo nos proporciona. Inconsistencia y ausencia de radicalidad.

Muchos de los que abogan por esa revolución viven cómodamente asentados en las comodidades del capitalismo, y parece que voceen su erradicación porque saben que no es posible, sino ¿A cuánto tendrían que renunciar?

Bien pues, solo los queda impulsar cambios contextualizados que mejoren en algo la vida de un grupo de ciudadanos. Es decir, nos queda por hacer lo que somos capaces de soportar. El panorama mundial exigiría un reparto de la riqueza más equitativo, lo cual comportaría la renuncia a las comodidades de muchos. Al menos, los que lo notarían más son los que viven bien -y no me refiero a altas capas de la sociedad- sino a ciudadanos como los que escribimos desde una cierta atalaya sugiriendo qué cabría hacer, los que sensibilizados escuchan o leen determinadas reflexiones mientras descansan en su casa -menudo lujo hoy- y se refrescan con aire acondicionado.

¿A quién le interesa ciertamente la radicalidad de una revolución? A los que no tienen voz, y casi ni voto -o sin casi-. Los demás tenemos que lavarnos la conciencia de ser un doble agente: la máscara que muestra su rechazo del tecnocapitalismo, y la tez desnuda que se regodea de las comodidades en las que vive. En este sentido, soy la primera que entona el “mea culpa”, y muchos más deberían hacerlo, sin pretender entrar en un dualismo de víctimas y culpables, porque todos asumimos un poco ambos roles.

Respecto de las cuestiones planteadas anteriormente, a saber, ¿Qué nos queda por hacer? ¿Desde dónde se puede actuar para mejorar las condiciones de vida, asumiendo que la estructura económica y social es el capitalismo? ¿Cómo ser hoy un agente de cambios? Las dejo pendientes para próximos posts, ya que la cuestión hay que afrontarla con calma. Pues nada, ¡a seguir disfrutando los que podáis!

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