Al borde de un ataque de nervios

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Sentirse al borde de un ataque de nervios no es un estado exclusivo de la mujeres, aunque como el  tópico –del que se aprovechó Almodóvar- así lo propaga vinculándolo al de la mujer histérica –distinto concepto del que usara Freud – Antes bien, podríamos ajustar el significado de la expresión refiriéndolo a la cotidianidad de muchos individuos que viven, el día a día, con el reloj marcándoles los segundos, y cada instante imponiéndole el máximo rendimiento de sí mismo. De esta especie hay unos cuantos individuos, nada despreciables, que no constituyen la capa más alta del poder, pero sí una capa intermedia que son, acaso, los que gestionan el funcionamiento del sistema y sin los cuales éste no sería posible. En el fondo, el drama de estos super-ejecutivos es que se autoexplotan creyendo que llegarán a ser del círculo de los más privilegiados, cuando la mayoría no son más que fusibles, si se funden los cambian, y forman parte del pasado. Pero esos individuos quedan lastrados por su “fracaso”, el cual depende de la altura a la que uno mismo situó el objetivo. Aparentemente es un fracaso individual, pero lo es también social.

El sistema necesita de estos ejecutivos-fusibles que hiperexplotados no sientan que esa exigencia es externa, para que la presión se sostenga. Son los que malviven al borde de un ataque de nervios abocados al fracaso y pieza clave de un sistema que necesita de material renovable y siempre a pleno rendimiento para su mayor eficacia.

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