Ser padre –lo diré en condicional, siendo yo madre- debe ser algo así como rebuscar en el trastero de la vida lo relevante para nuestro hijo/a en cada circunstancia que nos hallemos. Siendo capaces de sacudirnos el polvo que distorsiona los hechos y educando a los peques para que nada resulte excesivamente dramático si lo esencial está bien asentado.

Y, mientras, restregarse por el suelo para realizar las fantasías infantiles, cambiar pañales, calmar llantos, preparar comidas, si puede ser junto a la madre que lo parió, que será el mejor equipo educativo y amoroso que se me ocurre, mientras la pareja se ame –y no es ningún sermón de misa- es el rincón más iluminado donde puede crecer ese hijo/a.

Para David y Raúl, que han sido padres este año que despedimos.