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Hay momentos en los que todos querríamos estar a la altura de las circunstancias; por ejemplo, cuando se trata de acompañar y apoyar a quien antes -¡cómo mínimo!- lo hizo generosamente con nosotros.

En otras ocasiones, consiste en imbuirse de la impostura social y someterse a lo políticamente correcto. Ahí, nadie debería querer estar a la altura de las circunstancias.

Sea como fuere, lo cierto es que las circunstancias no tienen altura; la expresión se refiere, de forma confusa, al calado moral de quien en un determinado contexto actúa. Pero no existen exigencias coyunturales que puedan determinar deberes morales, porque ese momento es el que el sujeto debe dirimir, como único que es, desde sus principios éticos.

Por tanto, uno debe ser coherente con sus principios que, a su vez, esperemos que tengan al resto de humanos como fin y nunca como medios –como con toda finura y elegancia sentenció Kant-, y a las circunstancias ya les otorgaremos el lugar que les corresponde.