En el “corredor” de la muerte

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Todos estamos en el corredor de la muerte. Unos lo saben, porque se deslizan encerrados en cubículos por esa cinta automática que nos transporta. Otros carecen de la conciencia de que nacer no es más que empezar a morir, una cuenta atrás, ya que a la vez que se crea vida se destruye. Avanzamos en el consumo vital y nos acercamos a la muerte, esa incógnita que no podemos ubicar en el tiempo porque desconocemos cuál será nuestro final. Es, en consecuencia, una metáfora vital

Pero, puestos a gastar la vida sería delirante tener el poder de decidir en qué vamos perdiéndola, para que consumada la metáfora ignota, dispongamos de la satisfacción de habérnosla engullido, deglutiendo lo querido,  no lo impuesto como sutil imperativo para alargar el trayecto de ese corredor fatídico.

Aunque, también resulta irónico, denominar “corredor” a ese pasadizo estrecho por el que pocos desearían realmente “correr”, sino refrenarlo continuamente para remodelar lo vivido.

Si vivir es prepararse para morir, como parece haber afirmado el viejo Platón ¿Qué necesidad cósmica produce un ciclo cuyo periplo está orientado a su fin? ¿Será esta la paradoja de una vida que no es, por ende, vida alguna?

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