EL MACABRO SUCESOEL SUCESO. capítulo I de «EL MAL QUE NOS HACEMOS»

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Acaso el susurro perenne que, a pesar de su tenue sonoridad, atiza convulsivamente nuestro interior no sea más que el dolor congénito que acompasa nuestra existencia.


Recuerdo vagamente los hechos porque, aunque el tiempo difumina todo contorno, preservo una intensidad inaudita del sentir que me descuartizó en la época en que Joel tuvo que afrontar el suceso más cruento de su periplo vital. Corría la época de los setenta y, por aquellos años, los medios tecnológicos no eran los de hoy, en el siglo XXI; aquellos dispositivos con los que contábamos entonces se nos antojan hoy tremendamente rudimentarios.


Destaco ese hecho porque fue relevante en lo que se refiere a cómo transcurrió aquel indeseable suceso. No contábamos con ordenadores, ni con internet, ni por supuesto con móviles casi inteligentes como los de ahora. Mi memoria, algo deteriorada, conserva detalles precisos y el hilo conductor de la experiencia más inverosímil de mi vida, pero que indudablemente marcó un antes y un después.


Vivíamos en un barrio de clase media-alta, cuya toponimia me parece irrelevante, así como ahondar en una descripción pormenorizada de particularidades que no son significativas en lo que aconteció.

Joel y yo habíamos compartido los años de parvulario, primaria, secundaria y manteníamos un contacto asiduo y estrecho durante nuestra etapa estudiantil. Era lo más próximo a un hermano elegido, porque, sin habitar el mismo espacio, conocíamos los intríngulis que sucedían en sendas casas; el uno por padecerlas y el otro por permanecer sentado a la derecha de ese amigo, que te hace de confidente y custodio de la existencia inquietante que la multitud de incidentes desagradables va gestando.


Mientras cursábamos primaria, Joel siempre se mostró un niño discreto, pero afable con cualquiera que se le aproximara; disfrutaba contagiando a los que se lo solicitaban una fantasía sublime fruto de una insólita imaginación. Por ejemplo, acostumbraba a repetir la misma historia, siempre con la misma pasión, acerca de un perro callejero que, habiendo tomado conciencia de su condición, ingenia una estrategia para transformarse en un can aparentemente codiciado: deambular entre golpes y patadas por todos los autolavados de coches de la zona para desprenderse de la mugre que lo ningunea, y así mutar su pelaje grisáceo y blanco en un alarde de belleza. Cada día, tras su sesión de limpieza, el perro se apostaba delante de una casa de tres plantas, habitada por una familia con tres niños, y como un criado fiel abría y cerraba las puertas del jardín siempre que alguno de los habitantes se acercaba. Esto resultó sorprendente para la familia, que, tras constatar sucesivamente el hecho, empezó a juguetear con él y posteriormente a alimentarlo, hasta que pasó a ubicarse al otro lado de la verja con una casita propia y un nombre muy apropiado: Fiel.

La ternura, la sensibilidad, el tesón del protagonista y el éxtasis al que llegaba Joel cada vez que recreaba el cuento, como si de la primera escenificación se tratara, hicieron de él un niño peculiar, querido y admirado por sus compañeros, por esa extraña pericia que tenía de hacer real lo inverosímil. Él se percibía como un extraño cuando se observaba representando y vivificando una historia que asumía en aquel momento con una vivacidad que, tras la actuación, le parecía ajena; tanto quien la relataba, que no era sino él, como lo narrado magistralmente.


Esta era una de las múltiples historias que expandía por doquier, transformando la vida de los otros en una quimera huidiza. En otros aspectos su timidez y buscada soledad hacían de él alguien raro ante la mirada ajena, porque parecía contradictorio que alguien tan dicharachero en unos momentos pudiera pasar a ese recodo penumbroso e inescrutable.


En alguna de las conversaciones esporádicas que mantuve con su madre, mientras mi amigo se sonrojaba hasta mostrar una tez casi granate, ella rememoraba anécdotas, que ahora considero relevantes para entender quién era desde la infancia Joel y quién fue posteriormente. Una de ellas aún despertaba el asombro de su madre cada vez que la relataba, como si se mantuviese incrédula respecto a que aquello hubiese sido real. Decía que, hallándose una noche entre la zona boscosa del pueblo, estirados sobre unas toallas, se dedicaban un rato a contemplar las estrellas. Joel solicitaba explicaciones reiteradas para entender lo que estaba observando, así que en una de sus súbitas preguntas dijo:
—Mamá, ¿las estrellas tienen ojos?
—¿Tú qué crees, hijo?
—Que no, pero, entonces, ¿las estrellas saben que son ellas?
Su madre se quedó atónita y sin respuesta, quizás porque no alcanzaba a percibir la profundidad de la cuestión que su pequeño se estaba planteando. Así que optó por recoger las toallas y regresar a casa. Pero aquella conversación se quedó incómodamente en el interior de la madre, que, hasta años más tardes, y gracias al mismo Joel, no captó que lo nuclear que había planteado su hijo, a los cinco años, era si las estrellas tenían conciencia de sí mismas.


Evidentemente fue precoz en el uso del lenguaje, construyendo frases antes incluso de caminar solo, lo cual despertaba la estupefacción de las otras madres en el parque, las cuales, viéndolo caminar de la mano, no esperaban que profiriera frases básicas con tan solo trece meses. Antes de los dos años ya poseía conciencia de que existían diversas lenguas y mostró siempre una capacidad extraordinaria para la interiorización de idiomas distintos del materno. A los cuatro años aprendió espontáneamente a leer solo; parece ser que, de lo poco que empezaron a enseñarle de prelectura en la escuela, fue capaz de derivar el mecanismo de construcción de las palabras y oraciones, hasta el punto de capacitarse para leer inclusive periódicos. Es decir, desde su más pronta infancia apuntó habilidades excepcionales que lo hacían distinto de los otros niños.


Joel era un chaval —durante la adolescencia— de estatura media, un flequillo rubio tras el que acostumbraba a esconderse y unos ojos grisáceos que insinuaban una profundidad de miras penetrante. Solía vestir con tejanos
agujereados —del uso— y camisetas algo desarrapadas. Vivía en una planta baja, lo cual facilitaba sus fugas nocturnas para, recostado en suelos duros, contemplar el espectáculo estelar que estimulaba, como si de un oasis oxigenante se tratara, la creación de realidades mínimas y fantasiosas. De esa experiencia se nutría.
Lo que aquí deseo narrar es la tragedia que aconteció y transformó tanto la vida de Joel como la mía. Por supuesto, también de otras personas que irán apareciendo en el relato. Mi voluntad es dejar un testimonio que haga justicia, o al menos disipe las injurias y rumores tendenciosos que solo contribuyen a rasgar continuamente la herida que nunca debería haberse hendido.


Agradezco profundamente la colaboración y ayuda inestimable de los que aquí aparecen a fin de recrear de la manera más fidedigna cuanto aconteció, y el desarrollo desmenuzado de ello, mediante conversaciones —en las que obviamente yo no estaba presente—, soliloquios y giros o puntos de inflexión en el devenir de los hechos.


Todo se inició de la manera más inesperada. Volvíamos del instituto una tarde y nos dirigíamos a su casa a estudiar; o eso es lo que la mayoría de los chicos de nuestra edad pretendían cuando acudían al hogar de otros, aunque posteriormente las conversaciones o actividades tomaran otros derroteros.
En el caso de mi amigo y yo, sin quererlo conscientemente, nos adentrábamos en los misterios de un mundo desbordante que no entendíamos y nadie era capaz de explicarnos. Después, supimos que, cuanta más necesidad hay de comprender, más elástica se torna la capacidad explicativa,

y, en consecuencia, menos viable es dar con esa respuesta anhelada, pues se amplía vertiginosamente la posibilidad de réplicas.
Bien, pues nos entramos en su casa enzarzados en nuestras disquisiciones, cuando Joel, de repente, se calló y se esforzó en agudizar su oído. Estaba acostumbrado a que al entrar por la puerta su madre profiriera un grito, nombrándolo. Su actitud súbita de atención silenciosa se produjo porque le resultó extraño que su madre no estuviera en casa a esas horas; la alta autoexigencia materna se imponía su presencia para garantizar que Joel volviera a su hora y acometiera sus tareas escolares; por eso, la aparente ausencia del control materno, le resultó extraña y agudizó sus sentidos. Tanto que me espetó bruscamente
—¡Calla
Me quedé inmóvil por la rudeza de su mandato, manteniéndome alerta a sus instrucciones, que al no producirse me mantuvieron petrificado en el dintel de la puerta.
Mi amigo se adentraba asustado y sigiloso hacia el interior de la vivienda, en la que danzaba un silencio de suspense, cuando me azoró un alarido desgarrador que identifiqué, a pesar de la distorsión fónica, como un clamor pavoroso de Joel. Entonces reaccioné con agilidad y acudí al lugar del que creí que procedía el aullido, y me encontré con él desvanecido, al lado de su madre: ojos abiertos, aposentada horizontalmente en el suelo y rodeada de unos insectos desconocidos para mí. Salí corriendo, como nunca, trastabillándome con bultos inexistentes, dirigiéndome a la casa colindante, chillando y golpeando la puerta, aterrorizado. El vecino abrió sobresaltado, y ante mi incapacidad de proferir palabra alguna inteligible, se fijó en las manos, que por suerte poseía, señalando angustiosamente la vivienda de Joel.


El señor Portet acudió raudo al destino indicado y cuando observó aquella escena, y tras regurgitar y arrojar la cena de la noche anterior, tomó el teléfono y llamó a emergencias. Mientras llegaban los servicios de urgencias, fue a buscarme, me hizo pasar a su casa y le pidió a su mujer —sin explicación alguna— que me preparara una tila bien cargada. Salió por la puerta para recibir a las ambulancias, policías y todo servidor del orden y la seguridad pública que se hubiera personado en la vivienda del horror.
Joel estuvo en observación médica y psiquiátrica durante una temporada, internado en el hospital San Jorge —el que le correspondía por la zona de empadronamiento—. A mí me dieron visitas durante dos meses con una psicóloga especialista en estrés postraumático. Y mis padres anduvieron desconcertados, trastocados y sin saber cómo actuar durante bastante tiempo. Por una parte, su instinto protector les impulsaba a prohibirme visitar ni relacionarme con mi amigo. Por otra, sabían que ese era su deseo frustrado, porque no admití ningún tipo de limitación al respecto, amenazándolos incluso con abandonar el hogar familiar si era necesario.
La policía, asesorada por forenses, entomólogos y otros especialistas que intervinieron puntualmente, decretaron el secreto de sumario. Los bichos que yo, con mis propios ojos, había visto merodeando el cadáver de la señora Cullàs no se correspondían con ninguna especie conocida. Eran de un gris negruzco —supe después— con dos aguijones que

no utilizaron, o al menos no había rastro de picaduras en el cuerpo de la víctima, y una prolongación en forma de rabillo que les permitía desplazarse con celeridad. Al parecer, en los días subsiguientes fueron proliferando como una plaga por toda la vivienda. La labor de los cuerpos de fumigación se concentró en evitar la propagación de dicho espécimen fuera de las paredes del lugar del suceso, con el gran inconveniente de no saber exactamente a qué se enfrentaban. Esos insectos parecían una invasión extraterrestre y debían de tener relación con la muerte de la señora Cullàs por hallarse allí, pero se desconocía cuál era la naturaleza de la conexión entre el cuerpo inerte y los bichos.


Por su parte, el grupo de entomólogos al que se había consultado investigó sobre el comportamiento de estos bichos y por qué podían haber acudido allí. ¿Había algo que emanara del cuerpo de los muertos que los atrajera? ¿Algún tipo de feromona que hubieran dejado otros insectos antes? ¿O, por el contrario, no existía ninguna razón biológica por la que se hallaban allí, sino que alguien tuvo que ponerlos?
Finalmente, la causa de la muerte, según el informe forense, fue un fallo cardiaco; lo que inducía a sospechar que existía algún vínculo entre la presencia de esos seres y el fallecimiento de la víctima. Ateniéndose, según los especialistas, a la ausencia de patologías cardiacas previas.

Los insectos fueron identificados, finalmente, como Panorpa Communis, una especie considerada rara. Debido a su aspecto, parecía un escorpión volador por el “aguijón” del final de su abdomen. Era inofensivo, de hecho, pero se lo denominaba vulgarmente mosca escorpión, lo que causaba miedo en la mayoría de las personas que desconocían tan extraña especie. La mayoría se alimentaba de pequeños insectos muertos, de néctar y de la melaza que destilan los pulgones. Pertenecía al orden de los mecópteros, que se caracterizaban por tener piezas bucales muy largas que formaban un pico inconfundible. Los machos además tienen al final del abdomen una especie de aguijón, que en realidad es un órgano reproductor, con el que rodea a la hembra durante la cópula. Se pueden encontrar en toda Europa, en bosques húmedos de árboles de hoja caduca, cerca de arroyos, en parques y jardines. Este dictamen elaborado por entomólogos tranquilizó a posteriori a casi todos; pero en aquellas circunstancias en que aparecieron como de la nada, rodeando el cuerpo inerte de la señora Cullàs, crearon una atmósfera de pánico que, por la primera impresión de los que observamos la escena, desató la creencia de que esos monstruos insectívoros la habían asesinado. Eso causó la lipotimia de Joel, mi pavor y probablemente el infarto de la víctima.

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