EXISTO, PARA VIVIR. Capítulo I íntegro. Ana de Lacalle. Terra Ignota ediciones.

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PARTE I: SOBRE CÓMO VIVIMOS
Capítulo I


Nada desluce tanto un día como la oscuridad atenazada en cada rincón de la propia vivienda. Esto lo sabía, y aun así me obstinaba en preservar esa niebla grisácea que caracterizaba mi habitáculo, como un ser destructivo cualifica a la ponzoña. Me había convertido, de hecho, en el hazmerreír de los colegas que me visitaban de vez en cuando, apodándola la cueva de Marcos. Aunque, bien que disfrutaban de ese ambiente turbio cuando, entre petas y alcohol, nos deslizábamos cada uno por el lugar del piso que más nos inspiraba. Esa era la razón principal por la que, en el fondo, insistían en que la juerga fuera en mi casa. Nunca me sentí cómodo en ese paisaje desolador que se configuraba, con algún beodo, pasado de tuerca, que vociferaba a pleno pulmón las vergüenzas ajenas que le habían sido confiadas. Otro descontrolado vomitando casi hasta el ahogo e insistiendo en seguir fumando marihuana, asegurando que le sentaba el estómago…el resultado era una cueva de moribundos que parecían carecer de cualquier propósito vital, y neutralizaban su vacuidad perdiendo la conciencia nítida de quienes eran. Pero yo necesitaba de los otros, al menos cuando el día los mantenía serenos y minimizaba esa soledad compartida que cada uno metabolizaba cómo podía.
La mañana seguía siendo tétrica mientras no salía de casa y entraba en contacto, con el mundo exterior. Entonces, sentía un contraste perturbador, sobre todo si lucía el sol, hasta que mi interior se acomodaba a un ambiente tan disonante. Poco a poco, creo que me introducía en una especie de neutralidad emocional que me facilitaba transitar por las calles sin que mi yo –el de la cueva- se percibiera invadido. También me recorría todo el cuerpo un tenue sosiego, sobre todo si la noche anterior había consistido en excesos turbulentos.

Debía acudir a una escuela para impartir unas clases de filosofía a alumnos bien motivados por la nota que podía darles acceso a la Universidad. Algo es algo. Era mi trabajo, no afirmaría que mi vocación, porque me sentía inseguro ante un grupo de adolescentes que tenían el poder de hacer de mi día un calvario. Así es que siempre me mantenía en tensión entre la compostura y mostrarme impertérrito, y el pavor a que me devoraran como a un pardillo tembloroso.


Hay que añadir que mis clases se iniciaron en un mal momento. Habían emitido por televisión una serie sobre un profesor de filosofía, “Merlín”, que había tenido un éxito tremendo entre los estudiantes, hasta el punto de que aumentó la matrícula en la carrera de Filosofía, aunque eso solo perduraba durante el primer curso, hasta que se percataban de que el idílico mundo mostrado por la serie de éxito, era falaz e incluso ofensivo con la realidad misma. En este contexto, alguien más bien pesimista y casi pésimo como yo, no tenía excesivas posibilidades de salir victorioso. Los alumnos estarían esperando un colega, más que un profesor, que explicara cuatro banalidades sobre los autores, les trajera palomitas a la clase y viviera junto a ellos su segunda adolescencia. Con este panorama, entré en el aula, saludé dando los buenos días y me presenté. Eso sí, decidí no empezar con cuestiones técnicas sobre el funcionamiento del curso, que les llevaría a un estado de sopor y, por el contrario, entrar en materia.
-¿Qué son las cosas? Aclaración, cuando hablo de cosas me refiero a todo cuanto existe y podemos ver y tocar –planteé a los chavales sin más preámbulo para que se apercibieran progresivamente en qué consistía un diálogo socrático, que era una muestra paradigmática del quehacer filosófico, aunque la historia estuviese a rebosar posteriormente de filósofos que mantenían sus confrontaciones por escrito; peculiaridades de la modernidad.
-¡Pues cosas, ya lo has dicho tú! –Intervino el gracioso de turno, haciendo explotar las carcajadas de toda la clase-
-¿Cómo te llamas? –le inquirí-

Juanjo –respondió satisfecho de su fugaz triunfo ante sus compañeros-

Bien, Juanjo creo que tienes un problema de lenguaje porque si yo te pregunto ¿qué es una silla? Por estructura lingüística no me puedes contestar silla, porque es precisamente el término que te pido que me definas o me expliques. Así que tres turnos sin participar. Esta chica tan amable que está a mi lado llevará la cuenta. ¡Venga otra respuesta! –Pensé para mis adentros que había conseguido contener el desmadre que Juanjo intentaba provocar, sobre todo porque observé su cabeza cabizbaja e intuí que se sentía derrotado-

Las cosas son artefactos creados por el hombre y otros seres naturales –intervino una alumna con actitud de colaboración-

Bien, has conseguido reducirlo todo a dos grupos. Imagina ahora que nos centramos en lo Natural, que es lo que es, sin nuestra intervención, antes de que nosotros “decidiésemos” construir o inventar cosas. Vuelvo a formular la cuestión, recordar que centrándonos en la Naturaleza: ¿Qué son las cosas? ¿Aquello que existe, vemos y podemos tocar?

Es que no se puede responder qué es todo junto, porque son cosas diferentes. Tendríamos que clasificarlas –matizó otro alumno, que me empoderó porque sentí que los líderes positivos de la clase habían tomado el mando.

Sería una posibilidad ir haciendo subgrupos, pero yo podría volver a hacer la pregunta teniendo en cuenta esa taxonomía y seguro que encontraríais la forma de construir nuevos grupos que abarcaran más cosas dentro, es decir iríais encontrado aquello que muchas cosas tienen en común. ¿Me explico?

¡Ejjemmm!

¿Cuál es la pregunta que subyace, desde el primer momento en que la he formulado?

RRRRRIIIIIIINNNNNGGGGGGGGGG

Pensáis la respuesta para la próxima clase, recordad que se trata de identificar el problema fundamental.
No sé si me oyeron o no, porque fue sonar el timbre y una tromba de sillas dejaron su rastro en el suelo del aula con un sonido ensordecedor, acompañado de gritos de alumnos que parecían descomprimirse. Me quedé algo perturbado pero, tras recuperar la compostura, me dirigí a iniciar la búsqueda del aula en la que debía impartir la siguiente clase, ahora ya más templado porque sabía que podía mantener la autoridad. Por suerte el curso había empezado en viernes y tras la última clase me esperaba un horizonte de tres días festivos que me servirían, sobre todo de mentalización para afrontar un larguísimo trayecto siempre lleno de sucesos inesperados.

Al final de la tarde había quedado con Ceci en el “Limbo” uno de nuestros bares de copas preferidos, por su ambiente acogedor, tranquilo y esa música de jazz que convidaba siempre a una conversación algo nostálgica. Cierto es que el sitio lo propuso ella y que eso ya desvelaba algo sobre su estado de ánimo y el trajín de su semana, pero yo accedí complaciente, ya que tampoco deseaba más ritmo y algarabía del experimentado en el Instituto. En estas circunstancias, ella siempre me inspiraba momentos de intimidad, en los que el componente erótico era accesorio, porque nada hay más vinculante que las confidencias entregadas sin más interés que el goce de la compañía ajena. Los secretos son aquello que se desvela inefable desde el momento en que alguien te brinda su acceso.


Acudí a la cita con la esperanza alzada al máximo. A veces nos empecinamos en rebuscar sentidos, mientras la vida nos habla con momentos concentrados de suma belleza que nos pasan inadvertidos. Había aprendido mucho del arte de vivir y desvivir con Ceci, por ello mis expectativas eran positivas siempre que me dirigía a su encuentro. Me adentré en el bar y tras echar una ojeada para comprobar si ella había llegado, busqué uno de esos rincones semi-iluminados con velas aromáticas que ambientaban de forma exquisita el lugar. Pedí una cerveza mientras aguardaba su llegada. Acostumbraba a llevar conmigo libros de bolsillo de los que asimilaba frases que reverberaban distintas situaciones de mi vida. Eran como mantras que no alcanzaba aún a dirimir qué función mental cumplían, pero era inevitable la reiteración de ese acto mental que se activaba en mí casi automáticamente. Así la espera se tiñó de la convicción de que una mirada vacía de vida muestra un alma moribunda de dolor.1Y sin poder zafarme de esta espantosa sensación, respecto de la mirada de Ceci, me apercibí que había transcurrido casi una hora desde que habíamos quedado en encontramos allí. Me resultó extraño, porque si alguien era una maniaca de la puntualidad, esa era ella, motivo por el que yo me adelanté unos minutos. Extraje el móvil del bolsillo del pantalón y marqué su número. Quería comprobar que se había olvidado de nuestra cita, pero que todo estaba bien, en esa mirada moribunda de dolor que deseaba no fuera tal. El tono de la llamada me martilleaba la sien porque Ceci no respondía. Lo primero que se me ocurrió, quizás alertado de forma exagerada teniendo en cuenta los hechos y que ambos éramos adultos, fue acercarme a su casa. Esa fue, quizás, la peor de las ideas, porque pensándolo fríamente, nada benigno podía encontrar allí, para mí. Cualquiera de las posibles razones que hubiesen mantenido a Ceci en su casa sin avisarme, eran en algún sentido, un menosprecio hacia mi persona: bien porque no fuese significativo para ella, como sí lo era ella para mí y eso se había evidenciado como olvido; o bien, porque había optado por un plan alternativo, sin tan siquiera tener la delicadeza de avisarme. Mi aporreo mental se había puesto en marcha.
Pero yo, que acudía a esa cita, entusiasmado fantaseando una noche de belleza irrepetible, estaba sumido, esta vez, en una especie de ataque catastrófico – siguiendo mi propio guion- que había imposibilitado la presencia de mi amiga en el bar de copas, y poseía la certeza de que algo malo le había sucedido. Al llegar a su domicilio llamé al timbre con exigencia. Después de esperar unos minutos, que considerando mi estado debieron ser segundos, pulsé el timbre con más insistencia aún, y en eso estaba cuando se abrió la puerta y oí:
-¡Mira el Iluminado! ¿Qué haces aquí? ¡No te esperábamos! Pero, pasa, pasa…
-No, gracias. ¿Estás con Ceci?
-¿Pues con quién quieres que esté? ¡Es su casa! ¡Huahua!
– Bien pues ya nos veremos.
– ¡Eh, espera entra!
Pero yo ya me había alejado apresuradamente, trasladando mi bofetada a un lugar provisional hasta que pudiera atenderla. Solo deseaba irme de allí lo antes `posible y volver a casa, esconderme, que nadie pudiera ver la mínima expresión que delatara el estado de ninguneo y menosprecio en el que me había sumido. Ahora me apropiaba de esa mirada vacía que Ceci había ahuecado y, a cambio, me ofrecía a montones toda la frivolidad que contenía en la cuenca de sus manos. Sin tener ninguna certeza de cuanto sucedía en su mente, parecía trasladarme un pedazo de esa alma moribunda. Quizás para que sintiese ese dolor indescriptible del que a veces intentaba hablarme, dándose por vencida. De esta manera, sabría qué pretendía expresarme y cómo se perfora el interior cuando únicamente es la soledad tu interlocutor. Si era esta la razón realmente, pensé que lo más apropiado era esperar a que Ceci contactara conmigo, cuando creyera que era el momento. No quería precipitar las cosas.
Me senté en el sillón alumbrado por una luz alógena, tras poner un vinilo de los conciertos de Brandemburgo de Bach (1-6). Necesitaba calmar e inyectar algo de luz en mi interior, y no esa luminosidad que procede del pensar que es tan efímera, sino la que se instala en el estar y en el ser, que sin poder dar cuenta de ella nos aferra a la solidez, la cual, ciertamente, tampoco sabemos de dónde procede. Así, en un ambiente inmejorable, después del indeseable inicio de la noche, cogí un libro y me perdí entre los conciertos de Bach y las palabras escritas. Hundido en un cierto sopor se me infiltró nuevamente una frase que, para bien o para mal, acabaría funcionando, como ya era habitual en mí, de periscopio vital: aunque tan solo sea para que si en algún escondrijo te hallaras, sepas qué hago aquí y a qué he venido2 Constituía una resonancia de lo acontecido, mediante la que fluía ese deseo de ser alguien importante para Ceci.
Me desperté sobresaltado, tal vez porque sentí la frase como un susurro. La música había tocado a su fin, eran las cuatro de la madrugada y sentía todo el cuerpo como si hubiese sido objeto de una tremenda paliza. Decidí acostarme, descansar, olvidarme de todo y aplicar el dicho de “mañana será otro día”, que me vino como anillo al dedo. Aquel cansancio hacía que los mil acontecimientos que estaban implicados unos con otros formando una maraña ante mí, más allá de la forma, se ordenaran en una serie.3 Absorbí cada vocablo, mientras me recostaba en mi evangelio particular haciendo honor a uno de los apodos que me taponaban la cabeza: letraherido.
Me sobresaltó el sonido del móvil abruptamente, tal vez porque estaba sumido en un estado onírico placentero del cual debo reconocer no recuerdo nada, pero que me había proporcionado un bienestar inusitado. Toqué el suelo con los pies de manera atolondrada y estrepitosa, más por la urgencia que imponía la llamada reiterada del teléfono que porque yo poseyera, en aquel desconcertado momento, ni tan siquiera el concepto de lo urgente.
-¿Si? Alcancé a decir
– Hola, Marcos- Era Ceci.
–Ah, hola, vaya susto me has dado.¿Anoche o ahora?
-¿Anoche? ¡Ahora, coño, estaba durmiendo y el trasto no paraba de sonar! ¿Qué pasa?
–Quiero hablar contigo, hoy. -Tras dudar unos segundos respondí- Pues tendrá que ser mañana, hoy sábado no puedo.
-¡Marcos, ni un hueco, no te hagas el indiferente que es importante!
– Ceci, pudimos hablar anoche, tenías una opción mejor y la elegiste –mi objeción traslucía un reproche, sin duda- lo entiendo. Pero, yo hoy, tengo otro compromiso previsto que no puedo aplazar, así que respétalo, como yo he hecho contigo.
-¡Sí, presentándote en mi casa!
– Mañana hablamos si te parece, ya me dirás algo. Y colgué.
No sabía si estaba preparado para mantener semejante conversación. No, seguro que no lo estaba. Quería, con algo más de distancia, repensar qué había sucedido y qué se había disparado en mi interior. Y, posteriormente, cómo quería presentarme ante Ceci. Necesitaba el día para digerir lo acontecido y clarificar mis ideas y sentimientos. No podía verla de sopetón porque sería llevar la relación a la catástrofe absoluta. Y necesitaba saber y que supiera qué hago aquí y a qué he venido. Pero, como es comprensible, no podemos proporcionar claridad sobre nuestras percepciones e ideas al otro, si nosotros mismos carecemos de ella.
Vadeaban mis emociones por la mente como sonámbulos que carecen de conciencia e identidad. Una amalgama, de sentires opuestos, propiciaban un relato sobre lo que yo, simplemente Marcos, significo para Ceci; e inmediatamente, tras haber intuido esa justificación, se erigía otra versión contrapuesta que me despojaba de toda dignidad. Ante esta tesitura, esta dicotomía devastadora, me anegaba en una planicie fangosa de melancolía, que trituraba mi capacidad de analizar la situación con cierta perspectiva. Necesitaba desconectar de los hechos y de las emociones, restituirme yo mismo, y tras la consecución de ese beneplácito estado de serenidad, retomar los acontecimientos tal y como imperativamente se mostraban. El reposo, el sosiego pueden ser fuente de lucidez mental, en concreto, para quien tozudamente la desea.

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