Decir el dolor desde las entrañas.

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Decir el dolor es un acto de violenta desesperación; la necesidad impele a encapsular, delimitar y clarificar una amorfa masa de emociones que no se deja acotar, porque no puede ser jalonada. Este intento fallido acontece ante la inefabilidad angustiante. De aquí que, por ejemplo, Nietzsche se deslizara majestuosamente hacia la metáfora y el mito en los que hallaba una cierta aproximación a esta experiencia. Zambrano, por su parte, nos remitía a la razón poética para que lo expresado pudiese servirse de figuras representativas, pero no estrictamente conceptuales. Chantal Maillard se fue situando en lo que denominó razón estética -inspirada sin duda por Zambrano- para expresar su experiencia del dolor y no su concepto:

“La herida es una puerta cerrada sobre el antes. Por haber perdido el gran pasado queda atrapado, el animal humano, en su historia personal, dando vueltas sobre sí mismo como un perro intentando alcanzar su cola. Corta inteligencia, aquella que no abarca otra experiencia que la propia. La razón es fruto del olvido; sus logros, la patética demostración de su extravío. No es de dioses esa luz que tanto apreciamos, es simple adaptación al desamparo.”[1]

La herida, nos dice, o el dolor podríamos leer, es una puerta, una forma de cerrar el pasado, en el que quedamos atrapados sin ser capaces de mirar a otros, con su propio dolor. Y es, parecer decirnos Maillard, en este acto de cancelación cuando la razón se erige como la facultad que nos orientará, ya que esta surge por haber olvidado la propia experiencia, como la única manera de supervivencia que hallamos. En este sentido, decir el dolor desde la racionalidad es lo más semejante a una huida, incapaces de expresar la intensidad, los matices y la singularidad de nuestro dolor, singular y propio.

Así, no parece que decir el dolor sea posible. Se abre aquí la posibilidad de decir desde el dolor, o, expresado de otra manera, declamar, gritar desde el dolor mismo, cada sentimiento, cada punzada, cada matiz para que esa cascada de reverberaciones -cuando gritamos, necesitamos reincidir hasta que el grito consuele- llegue al otro como vivencia, y así pueda compadecernos.

El dolor no cede si pretendemos expresarlo racionalmente con conceptos rigurosos, porque la manifestación ese padecimiento aspiramos a que sea una catarsis; una purificación de nuestro interior que se destensa al compartir ese sufrimiento con el otro, alguien que incapaz de sentir igual que otro, es capaz sin embargo de acoger con su propio sufrimiento la queja ajena.

Esto constituye una experiencia muy humana. No con la pretensión de que devenga un bucle laberíntico, sino un ritual que al permitirnos sentir el dolor casi hasta la implosión, los libere de esa intensidad que nos paraliza.

Habiendo experimentado esa compasión, somos capaces de superar la mísera desesperación ante el desamparo y trascender esta singular vivencia para seguir viviendo, aunque vivir implique acoger y liberarse del dolor en un retorno que es eterno en la medida en que dura toda nuestra existencia. Nuestra limitada estancia en el mundo es nuestra única eternidad. De ahí que, Schopenhauer formulara la siguiente cuestión retórica:

“¿Cómo puede elevarse en el aire aquel que está apegado a su terruño y desde allí contemplar el mundo que queda a sus pies? ¿Cómo puede filosofar quien se aferra a un anhelo o una preocupación o, en fin, a una subjetividad?”[2]

Y esta existencia, sentida en profundidad sea dolorosa o placentera, debe ser mirada con cierta distancia, por cada uno de nosotros, para poder desprendernos como si de ligaduras se tratase, y proseguir con la fortaleza del que sabe que todo volverá y todo será superado. Y estas últimas palabras que se acercan claramente a Nietzsche, quien las expresa así:

“El mundo que nos es un poco tolerable es falso, es decir: no es ningún hecho, sino una invención poética y el redondeo a partir de una pequeña suma de observaciones; está “en flujo”, como algo en devenir, como una falsedad siempre perpetuamente removida y que nunca se acerca a la verdad, pues no hay “verdad” alguna.”[3]

Lo falso nos permite tolerar el mundo, que no siendo un hecho objetivo lo transformamos en una invención poética para aproximarnos a esa experiencia singular que exige distancia, y así nos relacionamos con el dolor como una experiencia subjetiva que exige de la elevación poética para ser mirada, sin miedo, de frente.


[1] Maillard, C. “La compasión difícil”. Galaxia Gutenberg. Editado en formato digital, febrero de 2019. Pg. 22

[2] Schopenhauer, A. Parábolas y Aforismos. Traducción e introducción de Carlos Javier González Serrano. Alianza Editorial. 2020. Pg.133.

[3] Nietzsche, f. Escritos póstumos: el nihilisme. Traducción, presentación y apéndice Gonçal Mayos (Colli i Montinari). Ed. Península. Barcelona. 2002. Fragmento 2(108).

Plural: 3 comentarios en “Decir el dolor desde las entrañas.”

  1. El dolor como garantía de mi existencia, solo así soy consciente de mi cuerpo, cuando «algo» me duele se torna real…¿les duele, luego existen? Esos filósofos masoquistas que ya no saben como llamar la atención…Sorry me es imposible censurarlo….

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