RELATO: «Un día como otro»

Un comentario

Un sonido porfiado desvela mi sueño. Entreabro un ojo que se resiste; como si fuese un periscopio recorro la estancia y ¡lo encuentro! Es un ambientador de esos automáticos que se interpone a los olores indeseable. Aunque ahora el indeseable es él, el maldito aparatejo que me ha machacado.

Mi estado de sueño se ha esfumado, y se inicia un largo día. Tampoco es que mi estado onírico fuese placentero porque tengo un recuerdo sin contornos y difuso en el que alguien me demandaba una decisión; un sí o un no. Supongo que el reiterado sonido del ambientador ha replicado la alternativa afirmativa o negativa, y tengo que reconocer que, tal vez, me ha liberado de mis conflictos inconscientes. No sé si camufla los olores el dichoso aparatito, pero sí las angustias que ni tan solo sabemos que pujan en nuestro interior. Creo que lo situaré, el ambientador, en un lugar privilegiado de la casa; no es que le vaya a hacer un altar, per sí merece ser compensado por su labor liberadora de más cargas.

Solo me faltaría añadir a lo que ya sé que debo asumir, todo lo que he ido guardando en mi inconsciente, para poder sobrevivir. No necesito más presión, ya tengo bastante.

Así es que, después de todo, encaro el día con cierta dosis de optimismo: iré a trabajar, me encargo de la máquina de fotocopias; tengo que fichar a las ocho en punto. Hacia las once tengo media hora para desayunar o tomar un tentempié; A las tres de la tarde salgo, en media hora me planto en casa, como algo que pueda cocinar rápidamente y a las cuatro y media recojo a los niños del colegio. Tengo que mirar las actividades de la semana porque no sé cuál le toca a cada uno. Llevarlos y posteriormente recogerlos. Consiste en completar una elipse: desde que llevo al primero a su actividad, paso por el segundo y culmino con el último, ya me toca ir a recoger al primero y a los sucesivos en el mismo orden. A las seis y media, estaremos en casa. Hora de deberes y de recordar lo que ya tengo en la suela del zapato, explicado además como lo hacen en el colegio, porque sino los lío. ¡Y yo qué sé si no estoy en el colegio! Este es el momento en el que me pido calma, serenidad y no perder los papeles, para que el dichoso día no finalice mal. Así es que me esfuerzo, según lo que me cuenta el niño a auxiliar, cómo se lo deben explicar los profesores, y hago lo que puedo. Conforme veo que van acabando, ya en plan militar porque después de todo el día ni ellos ni yo tenemos ganas de hacer lo que toca, los envío a la bañera, mientras ocupo los fuegos de la cocina a toda mecha para ir preparando la cena. “El agua sale fría”, “X no me sale el ejercicio”, “X ya he acabado tengo hambre”. Entonces me transformo en un pulpo con forma humana, tempero el agua, explico el ejercicio, le pido paciencia al que tiene hambre y… “¡Mierda, los fuegos!” Salgo corriendo, incumpliendo todas mis otras obligaciones, y por suerte lo único que ha ocurrido es que la sopa ha chupado todo el caldo sabroso que hicimos el fin de semana, así que le añado agua, porque de todas formas tampoco les va a gustar. Viendo que está todo controlado, achucho al de la bañera para que salga, al que tiene hambre para que se bañe y al que no le sale el ejercicio a hacer juegos malabares de nuevo. Bañado el último, nos dirigimos a cenar. Mientras ellos se comen la sopa, yo voy sacando tortillas a la francesa con patatas fritas. Con sus estómagos llenos o no, yo lo he intentado, les dejo ver unos minutos una película para que me dé tiempo de recoger la cocina. Tras eso ¡A dormir! Se resisten, pero mi paciencia ya está a cero, y mi rostro habla solo. Así que al menos se meten en la habitación y solo se oyen murmullos. Voy a la cocina, lo veo todo limpito y para no volver a ensuciar cojo un yogur de la nevera, voy a ver las noticias, que pillo, y acaban rematándome el día. Así que apago la televisión, pero entre que lo pienso y no, suena el despertador me viene a la cabeza la monótona máquina de fotocopias y siento alivio porque podré descansar, gracias al trabajo tan automático que tengo, yo soy una pieza más que aprieta un botón y espera de diez minutos en diez minutos, si nadie me incordia. Esta es mi vida ¡envidiable! Porque junto al de mi pareja que cobra mucho más, podemos permitirnos vivir dignamente.

Quizás mi inconsciente siga esta noche atosigándome con esa supuesta decisión que no tengo ni idea de cuál debe ser. ¡Con lo que tengo que pensar cada día, no entiendo que mis neuronas parezcan cada vez más oxidadas.!

Os invito a escuchar esta charla de Filosofía, una anomalía patológica dice el filósofo, que lleva el pensamiento a todos con ironía y humor!!!

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