Salida de emergencia -relato-

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Andrea vivía asediada por las exigencias del entorno. Sentía elevarse muros a su alrededor infranqueables que iban reduciendo su espacio para respirar. Sin embargo, esas murallas simbólicas aparecen ante cada individuo en su cotidianidad y éste se ve obligado a saltarlas o, bien, derrumbarlas. La situación de Andrea no era excepcional, sino las condiciones del existir mismo.

Ahora bien, la experiencia que cada uno tiene de los acontecimientos es singular, propia e intransferible. Por eso, para la joven era algo ajeno lo que esas exigencias pudieran suponer para los demás: a ella la asfixiaban y paralizaban. Adoptaba una posición fetal y restaba tiempo recluida en un recodo del túnel, para superar el día a día. Temblaba, se sentía incapaz, abrumada por imposiciones que no podía asumir porque no le quedaban fuerzas. Por ello, desaparecía ciertos lapsos para recomponerse y continuar, sin que su cuerpo entero tiritara, su mente se bloqueara y, tras acumular tantísima tensión y ansiedad, vomitara espantosamente con una furia intensa, gritos, llanto incontrolable y una percepción externa de que podía arremeter contra sí misma o los otros.

Andrea era una persona con una sensibilidad muy aguda, con un sentido perfeccionista de sus cometidos, y crítica con los que no asumían los suyos con la misma intensidad. Era como si su superyó, su ideal moral de lo que debería ser, la hubiese anegado por completo, y casi no hubiese diferenciación posible entre ella y su conciencia del deber.

Ella sabía que su manera de sentir desencajaba con el mundo en el que se hallaba, y que con dificultad lograba habitar, mas no conseguía rebajar esa exigencia interna y externa. Eso la hacía infeliz, la entristecía. Así es que buscó ayuda, recursos que le sirvieran para adecuar su vivencia de los hechos, al mediocre mundo en el que debemos desenvolvernos.

No era una cuestión sencilla el reto que se planteaba, pero sí necesaria. Sin querer se convertía en una tirana para los otros, al necesitar imponer sus exigencias. Aunque racionalmente ella entendía la diversidad de cada uno, sus limitaciones y potencialidades, de facto tenía dificultades para tolerarlas.

Al fin y al cabo, pensaba Andrea, hay peculiaridades que tienen cabida en esta sociedad, pero otras, sin embargo, son molestas y ofensivas porque ponen en cuestión el grado de responsabilidad que cada uno asume. Es decir, su singularidad afectaba negativamente a los otros por lo que se la calificaba, en cierto modo, de anómala o inclusive patológica. Por el contrario, aunque toda particularidad puede resultar molesta para algún otro, había muchas de ellas aceptadas porque no atentaban contra la mediocridad que el sistema requiere.

Llegó a la convicción de que se puede ser uno mismo, mientras esta manera de ser no vaya contra los cimientos de un funcionamiento social y económico que necesita alguna mente pensante y muchas, simplemente, adaptadas.

Tenía que aprender a vivir sometida. No se esperaba de ella que analizara y desgranara los asuntos hasta grandes profundidades, solo que encajara. Por otro lado, necesitaba reconstruirse para deshacerse de los principios de eficacia introyectados que la afectaban en su vida personal. Lo relevante ya no era solo amoldarse a un lugar de trabajo donde brilla la mediocridad, sino que su propia persona se sintiera más esponjada ante sí misma. Nadie tiene que ser perfecto, y menos aún que esos criterios de perfección vengan impuestos como una trampa que se vuelve contra uno mismo.

Iniciaba un viaje duro, pero del cual obtendría un saber vivir mejor, más relajada y mantener su ser expulsando los imperativos externos que la habían petrificado.

De alguna manera, cada uno hacemos nuestro propio viaje, la cuestión es la ruta que elegimos y qué nos proponemos.

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