El arte de vivir y desvivirse.

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El acto de resurgir desde las vísceras, tras haberse deconstruido a base de desenganchar las pústulas de los huesos, es encomiable y propio de individuos que soportan el sufrimiento a la vez que luchan por reconstruirse.

Aquellos que renacen de un zarpazo sanguinolento no lo hacen habiendo borrado el rastro del dolor, sino que, habiendo aprendido de él, rebrotan con la experiencia en el fardo. Serpentean por su existencia para rebuscar el terreno más plano y evitar los socavones que, siendo avispados, pueden ser previstos.

Así, subsisten los humanos; unos con más fortuna y avidez que otros, pero todo individuo que busca la mejor forma de vida posible transita necesariamente por estas encrucijadas decisivas. Quien no reconoce sus propios abismos y las insidias de las que ha sido víctima, tal vez esté solamente amerizando por la epidermis vital. Temeroso, pavorosamente cauto, elude vivir para no sentirse morir agónicamente.

Aquel que no soporta el dolor no puede sostener la vida.

“Siempre que hollamos el camino interior (…) somos voluntad de vivir. Queremos estar ahí, y para siempre; porque queremos la existencia; existimos, y como queremos la existencia, permanecemos en ella.”[1]

Por ello, Mainländer destaca la voluntad de vivir como el núcleo que nos permite hollar el camino interior, y sin la cual no nos mantendríamos existiendo, porque quien ni desea, ni quiere la vida se aniquila de inmediato.

Más allá de lo que canten los poetas presos de un romanticismo sensiblero, la existencia es una pesada carga que hay que querer soportar, a la vez que no es fácil, fruto de no quererla, finiquitarla -aunque el filósofo exprese con determinación esa decisión de aniquilarla por parte de quien no la desea-. Aún más, sintiendo, en el fondo de nuestro suspiro casi extinto, un ínfimo átomo de esperanza, la existencia posee la erótica de mantenernos expectantes ante algún indicio benévolo al que aferrarnos. Por ello, sostengo que requiere más coraje aniquilarse que mantenerse en un estar; el cual se antoja insoportable, aunque lo sea menos que el acto irreversible de la autolisis.

En este sentido, Cioran poseía la convicción de que

“sin la idea de suicidio, me habría matado sin lugar a duda. Esa es la clave de mi posición”.[2]

Esta aparente paradoja -sin la idea de poder matarme, lo habría hecho- es nítida, ya que el pensador franco rumano poseía la lucidez de que, sin la conciencia de la posibilidad de acabar con la existencia, en cualquier momento, no la habría soportado. ¡Y bien que la soportó hasta su muerte por causas naturales!

En consecuencia, luchamos por vivir por una voluntad que nos impulsa desde nuestra animalidad material. Sin embargo, esa voluntad que nos mueve a la acción -e implícitamente la decisión- siempre insatisfecha de lo que desea, acaba queriendo lo imposible, a saber, un sentido que no hay; si no es capaz de abrazar la nada, no podrá mantener la vida y ahí es donde Cioran aduce que saber que podemos ponerle fin a la vida, es suficiente para no hacerlo, ya que esa posibilidad nos libera de lo que puede parecernos una condena insoslayable.

Es un arte articular de forma creativa el periplo vital; a más creatividad mayores resortes, y sin ellos seguramente el sufrimiento es mayor, y el disfrute una quimera nebulosa.


[1] Mainländer, P “Filosofía de la redención” Alianza Editorial. 2020. Pp. 95

[2] Cioran, E. “Conversaciones” Ed. Tusquets Fábula. 2010. Pp. 134

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