Creo que con la edad he desarrollado una especie de alergia a los actos institucionales -ayer asistí, por ejemplo, al acto de graduación de la facultad de Psicología de la UB-. Según el evento, los que participan y reciben un determinado reconocimiento pueden vivirlo como único y trascendente. Sin embargo, la institución es una máquina de fabricar eventos impostados, con discursos de una hipocresía galopante y, a mi juicio, vacíos de ningún valor.
Es cierto que los humanos necesitamos ritos. Hay un pasaje de “El Principito”, obra universal, que explica muy bien el sentido de estos:
«…El Principito volvió al día siguiente. -Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que volvieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde, desde las tres comenzaré a ser feliz. Y cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro ya estaré inquieto y preocupado; ¡y así, cuando llegues, descubriré el precio de la felicidad! Pero si llegas a cualquier momento, nunca sabré a qué hora preparar mi corazón… Los ritos son necesarios. – ¿Qué es un rito? -dijo el Principito. -Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día sea distinto de otros días, una hora, distinta de otras horas…»[1]
Mediante los ritos hacemos de los diversos momentos algo singular y único que queda grabado por siempre en nuestra memoria emocional. Sin embargo, si los ritos se transforman en una tradición, un ornamento institucional que se realiza con el propósito de dar relevancia a la institución y no a los auténticos protagonistas, pierde ese grado de unicidad que deberían tener los ritos que se celebran desde el corazón de los que desean inmortalizar ese momento.
De ahí que, haya grandes rituales de los que se ha olvidado inclusive el sentido originario, se han convertido en costumbre y sirven como excusa para festejar algo, lo que sea.
Recuperar los ritos desde las mismas personas y que las instituciones sean un medio secundario -cuando sean necesarias- es un desafío que deberíamos afrontar si lo que deseamos es mantener la vida desencorsetada, fluida, dinámica y vibrante.
Podemos, por ejemplo, de los aniversarios de unión de las parejas hacer un rito monótono y revestido de fiesta, o puede constituir un momento de reencuentro de los que se unieron en convivencia hace años con la intención de que esa unión fuese duradera. Aquí el rito da relevancia al logro y a la vivacidad de esa unión, que puede ser celebrada rememorando esas emociones originarias que con el tiempo se han transformado para vincular más, si cabe.
Los humanos necesitamos ritos, pero vivos, auténticos y genuinos y las instituciones o no juegan ningún papel o si lo hacen debe estar al servicio de las personas que desean ritualizar un momento crucial de su vida.
[1] de El principito Saint Exupèry
