IMAGEN: EL ENTIERRO Ricardo de Jesus Martinez Morales – Artelista.com
El sepelio de Azucena se celebraría al día siguiente. Ella siempre había advertido de no necesitar que se hiciese una sala de velatorio previa, a no ser que a la familia le hiciese bien para iniciar el duelo. Precisamente, en esos momentos, ella habría saboreado la indiferencia absoluta, algo que no llegó ni a rozar durante su vida. Sabía además que unos acudirían por afecto a ella o a alguno de sus familiares; otros por cumplir con la ortodoxia social, como si se pasara lista; y otros irían a desgana por diversos motivos. Así que no deseaba que su despedida supusiera sacrificios para nadie, tan solo lo que surgiera del corazón de los que la habían querido, ese grupo minúsculo que algunos tienen la suerte de tener.
La familia, que es quien tiene la potestad en esas decisiones, quiso organizar lo que se considera habitual: velatorio y una celebración final, laica, como despedida. Y ahí se encontraron entre alguna lágrima, risas y reencuentros, muchos, demasiados.
Sin embargo, fue la insistencia de la tristeza genuina de algunos la que persistió en la idea de que Azucena seguía allí presente y que eso era lo que les convocaba. Ella, por su parte, no concebía que nadie asistiera a su propio entierro, pero como una fuerza centrífuga se vio absorbida hasta el tanatorio y se encontró, ni más ni menos, siendo una observadora privilegiada por la que todos, hipotéticamente, lloraban, pero que ignoraban. Era etérea, como una sombra clara que no contrastaba con luz ni espacio alguno. Vagaba libre entre unos y otros, sin que nadie se apercibiera de su presencia forzada. Desestimó entrar a ver el cuerpo que la representaba aún, por decoro y también por el temor a volver a ocuparlo e iniciar el maldito viaje de nuevo, como una resurrección milagrosa para los que allí estaban, y como una condena maligna para ella.
Así es que se dedicó a voltear por los grupos de asistentes que se esparcían entre la sala y los pasillos. Reconoció a varias personas; otras, no tenía ni idea de quiénes eran. En alguno de los corrillos se detuvo por curiosidad, asistiendo a conversaciones de lo más variopinto. Tras varias horas se apercibió de algo bien curioso: nadie hablaba sobre ella, ni bien ni mal -esto último ya lo esperaba-, y mascó la paradoja más sorprendente que nunca había experimentado -está visto que hay que morirse para acabar de aprender-: los humanos tienen tal pavor a la muerte que no nombran al muerto ni en su entierro, como si fuese una forma sutil de pasar por ese trance sin sentirse afectados por su propia muerte. Lo único que parecía lícito preguntar a la familia es si estaba enferma o había sido algo súbito, ya que parecía una muerte prematura. A partir de ahí, silencio al respecto.
El espectro, espíritu o esa extraña presencia que era ahora Azucena empezaba a cansarse del espectáculo. Así que decidió que ya volvería mañana a la hora de la celebración, si esa angustia terrenal que la había regresado insistía. Tras ausentarse, se oyó un grito agudo, casi un aullido de dolor que sorprendió a los allí presentes -que parecían acostumbrados a que todo el mundo guardara las formas-. Sobre quién profirió ese desgarro sincero Azucena prefería guardar el anonimato, aunque ella sabía perfectamente quién sentía su ausencia como una tragedia irreparable, en esos momentos.
Al día siguiente, el tumulto de gente era más numeroso, aunque eso suponía que había muchas más personas a las que desconocía. No se sentía halagada, sino al contrario, parecía fuera de lugar y por unos instantes, como si siguiera dotada aún del ánimo vital se cuestionó si su entierro tenía algo que ver con ella, o, en realidad, ella era lo menos importante, considerando que tampoco podía quejarse y expulsar a los mercaderes del templo, como hiciera Jesús. Obviamente fue un delirio, propio de los que están en ese tránsito hacia la muerte absoluta, por lo que desestimó semejante disparate e intentó aproximarse, ese día sí, a los que ella esperaba que la añorasen.
Iniciada la celebración todo eran halagos, virtudes, ahora sí referidos directamente a ella. Era el momento en el que, sin excesivo pudor, podía hablarse explícitamente de la muerta. Hubo algo que le desagradó: cuando vivía tenía que soportar a menudo reproches sobre actitudes o acciones que ella realizaba con la mejor de las voluntades, a base de mucho esfuerzo y sobre las que solo había recibido reprobaciones; ahora, a eso le llamaban Amor. Fue tan penetrante la rabia que experimentó que las vísceras del cadáver parecieron cobrar vida. Lo que provocó un sonido ondulante que atrajo la mirada de todos hacia el ataúd. Volvía a sentirse engañada, o en la encrucijada de lo que era verosímil o impostado. Esa sensación le era demasiado familiar y por un momento quiso largarse de aquel circo incomprensible, pero recordó la angustia de quien la había traído a ese lugar y decidió permanecer.
No sonó ninguna de las canciones o piezas musicales que le hubiera gustado. Los textos parecían de autoayuda, y pensó que todos deberíamos dejar preparado nuestro entierro para que, al menos algo de lo que allí reverberase ese día, fuese propio y con sentido. No hay mayor decepción, una vez muerto, que acudir al propio sepelio. Finalizado el acto se evaporó tal y como había llegado, dejó su cuerpo para ser incinerado con la convicción de que ya no podría regresar ni como ser vaporoso y etéreo; tenía que haber un final, nos lo merecemos. No podemos continuar conectados con un mundo que solo nos hará padecer y en el que no podemos intervenir. La muerte tenía que ser la liberación plena y confiaba que antes de una hora sería humo saliendo por la chimenea del crematorio, que sus familiares recogerían las cenizas y que por ella podían volcarlas en el retrete. Esas cenizas eran el polvo de lo que fue, pero no ella. AMÉN.

Me gustó el relato, gracias por vuestro envío.
Mario Alberto Ojeda
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