La frase parece que fue dicha, tres días antes de su muerte en primera persona, por la multimillonaria Cristina Onassis. El cantautor Joaquín Sabina le dedicó una de sus canciones, y es una sentencia que de diversas maneras se ha convertido casi en un dicho popular. En la serie EXIT, basada en la vida de cuatro amigos multimillonarios, una chica que es abandonada a su suerte por uno de los protagonistas, se la recuerda, con asco y acidez, a su mal factor antes de suicidarse.
“Ser pobre” en el sentido, en el que se utiliza en esta frase, es estar vacío, vivir en el sinsentido y carecer incluso de vínculos auténticos, de otros humanos en los que poder confiar. Parece claro que la arrogancia y el uso, que alguien que se considera intocable por tener dinero, hace de los otros, retorna para cosificarlo como un deshecho, como un bumerán rabioso, para clavarse en la mismísima yugular del engreído.
La sentencia iría en consonancia con la idea de que el dinero no hace la felicidad. Cierto, pero considero que hay que matizar para no usar el nombre de los pobres en vano. Disponer en exceso de lo que permite llevar una vida lujosa acaba confundiendo a las personas. El poder que les proporciona los lleva a creer que pueden tenerlo todo; sin embargo, precisamente lo que puede contribuir a cierta felicidad no puede ser comprado, por mucho que el sistema capitalista se haya esforzado tanto en hacernos creer que sí. No obstante, no podemos menospreciar que disponer de los medios económicos que permitan llevar una vida sin angustias por la subsistencia, contribuye a crear un escenario en el que lo fundamental puede ser identificado, buscado y saboreado.
El dinero no hace la felicidad, pero poseer unos ingresos razonables ayuda, porque permite despreocuparse justamente del mismo dinero. Así, ser pobre en el sentido riguroso del término impide y dificulta, a menudo, la existencia. No tener para mantener la vivienda y sufrir por posibles desahucios, no disponer para comer más de una vez al día, no poder vestirse adecuadamente y no poder nada, en una sociedad sustentada en el poder en la que los pobres son los apestados y excluidos.
Recuperando la frase inicial, vemos que el uso que se hace es figurado y no literal. La pobreza interior acaba pasando cuentas -de esas que no se pagan con dinero- porque condena a la soledad a quienes habían basado toda su vida en el lujo, la ostentación y lo fútil. Situados ante dificultades inexorables, se miran al espejo y ven su auténtico rostro: a cuántos han maltratado, utilizado, sin pudor ni mala conciencia y qué les resta entre las manos cuando el dinero pierde todo su valor. Seguramente lo que Cristina Onassis constató en sus últimos días: nada de nada, más que dinero que ya no les sirve para afrontar lo que les sucede.
