SOLILOQUIO DE UN NIÑO-ADULTO.

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No sé cuánto tiempo hace que dejamos de vernos más a menudo. Mi memoria se minimiza progresivamente como si se transformase en un receptáculo poroso por el que se filtra de manera inmediata cuanto contiene. A veces temo dejar de existir. Si no retengo nada, no seré más que un instante que si tan siquiera tendrá el espacio de poseer conciencia de sí mismo. Me transformo en puntos discontinuos en el tiempo, sin conexión, ni sentido.

Ahora cuando nos vemos, solo me resta la memoria emocional del vínculo que creamos, mas no dispongo de algo que no sea, en cierta forma, banal, superfluo. Describo sucesos, como si fuese un noticiario de los últimos días, que además obvia mucha información fugada. Me alegra verte, pero me pregunto si esta modalidad es fructífera o, por el contrario, su consecuencia es premeditadamente que mueran los encuentros.

Han sido años de intensidad, de esfuerzo y de una voluntad de vivir con un grado basal de sufrimiento mínimo. Eso está logrado. Ahora me restan los dolores del mundo. El de los otros que son propios, ya que nadie es sin interactuar y afectarse. Son dolores universales y singularmente intransferibles, y no es una contradicción, porque todo humanos pasa por lugares comunes que debe afrontar, pero lo hace subjetivamente.

No es que piense en una despedida, o sí. Me cuesta jirones internos la idea de perder a quien tanto me ha dado, al menos de la manera en que lo has hecho: ayudándome a reparar lo que podía ser reparado. Mi yo más tierno e infantil se niega rotundamente a perderte, tal vez porque esa idea optimista de que en mi interior resta esa capacidad de introspección y análisis que he desarrollado, y eso equivale a tu presencia ya imborrable. ¿No estamos forzando un duelo innecesario? Si solo vivimos una vez, ¿por qué renunciar a quien me ha absorbido con tiento y paciencia del pozo de la podredumbre?

No sabemos el tiempo de vida que nos queda. Yo, personalmente, la cantidad de instantes inconexos que podré disfrutar o padecer. Es triste porque ambos sabemos que habitamos ya sobre un polvorín que puede explotar sin previo aviso. Tal vez ya no nos vemos más, porque la muerte planea sobre ambos con más o menos pretensión de atraparnos. Mi egoísmo me lleva a desear que sea yo quien se pulverice, discretamente. Según como, ni lo sabrás y tu momento finalizará creyendo que aún habito algún lugar.

Abocados a no estar, ni ser ¿por qué no aprovechar las migajas que nos quedan? Nunca dejamos de ser niños-adultos que se aferran a lo más benévolo que conocen, y se rebelan ante la imposibilidad de satisfacer sus deseos. Esos que la formalidad y el moldeo social nos han cercenado. ¡Dejad de desear y actuad racionalmente! Es la manera de someternos y de hacernos creer que de lo contrario somos anómalos. Muchos somos hijos de esa condena, aún.

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