El diálogo: la imposibilidad de un desiderátum.

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“Está ubicado en el latín como dialŏgus, a partir de la raíz griega diálogos. Al pensar en la valoración de esta palabra viene a la mente una descripción: la conversación entre dos o más personas. Sin embargo, si atendemos a su etimología nos encontramos con un objetivo, ya que para los griegos de la antigüedad este vocablo hacía referencia al proceso de conocimiento mediante la palabra. Así, el prefijo dia- comprende un -a través de-, en este marco al respecto de la palabra, y logos señala explícitamente el saber manifiesto.” [1]

Atendiendo a la etimología del término, cabe destacar que el diálogo tiene un objetivo: un proceso inacabado mediante el decir, la palabra -que implica, al menos, la presencia de dos interlocutores- para posibilitar que se manifieste el saber. Sin embargo, este último es un horizonte al que nunca podemos afirmar haber llegado de manera conclusa. Así, la actitud de los interlocutores sería la de buscar junto con los otros aquello que nos inquieta, nos supera y queremos entender.

Sin embargo, la práctica del diálogo en la actualidad poco o nada tiene que ver con ese origen etimológico del término. En primer lugar, porque la actitud de los hablantes-pensantes es la de convencer al otro de que la razón, ese saber que debía manifestarse para los griegos, está en posesión de una de las partes, y en este sentido, nuestros diálogos hoy se asemejan más a la retórica de la sofística[2]. Es decir, se dialoga para imponerse al otro, ejerciendo un juego de poder destinado a lograr que uno ceda, y una de las partes se lleve el gato al agua. Es cierto que públicamente entre los políticos no hay diálogo, sino contraposición de reproches que no conducen a ningún lugar -a menudo con insultos y malas formas e intenciones-. Desconocemos qué hacen realmente en esas reuniones privadas de las que no se nos informa y de las que a veces salen acuerdos, que se nos presentan como fruto del diálogo. La sospecha, bastante fundamentada, es que lo que se produce es un intercambio de cartas, como si la vida de los ciudadanos, lo público pudiera dirimirse “jugando a las cartas”.

Si nos centramos en el ámbito de la vida de la ciudadanía, el problema no mejora. De eso tenemos experiencias diversas todos. Es muy difícil que en el transcurso de un diálogo la actitud de los dialogantes sea abierta, transparente y dispuestas a modificar su visión en caso de que los argumentos del otro le produzcan un cambio de perspectiva. Casi nadie dialoga para “bajarse del burro”, sino para que sea el otro, a ser posible, el que se despeñe.

En la vida privada, la actitud puede mejorar algo porque entran en juego las emociones, y a menudo nos importa más el reencuentro y la reconciliación que llevar o no razón. Aunque también si las emociones son de intenso rencor, éstas pesan en contra de la posibilidad del diálogo y en lugar de favorecerlo, lo bloquean.

A partir de lo expuesto, constatamos que el diálogo está idealizado, sin reconocer que su posibilidad requiere de condiciones que es difícil que se den, teniendo en cuenta nuestra condición de seres que más que cooperar, a menudo competimos y cuyos impulsos agresivos no conducen al deseo irrefrenable de poner el pie encima del cuerpo ajeno.

Sin embargo, deberíamos reconocer que aún siendo tan difícil mantener un diálogo para acceder a lo mejor para todos, sea el ámbito que sea, es la vía más deseable, que menos heridas deja y que nos brinda la posibilidad de encontramos con los otros en igualdad de consideración.

Esto no significa que siendo animales humanos como somos, vayamos a modificar un ápice nuestras actitudes y re-crear las bases desde las cuales podamos dialogar. Personalmente no confío en ello. Quizá si fuésemos solo animales, un simple gesto afectuoso o de deseo de paz nos bastaría, pero al ser humanos todo es muchísimo más complejo. Por ello, aunque el privilegio del logos es nuestro, somos la especie que con más dificultad llegamos a ententes por el bien común. Tal vez, el uso de ese logos nos convierte en seres más retorcidos, susceptibles, desconfiados y sentimos la necesidad de protegernos de los otros humanos, ya que: El hombre es un lobo para el hombre, y Hobbes será, finalmente, quien tenía una concepción de la condición humana más nítida y realista.

Ojalá el diálogo fuese, en suma, lo que expuso David Bohm:

«El diálogo hace posible, en suma, la presencia de una corriente de significado en el seno del grupo, a partir de la cual puede emerger una nueva comprensión, algo creativo que no se hallaba, en modo alguno, en el momento de partida. Y este significado compartido es el «aglutinante», el «cemento» que sostiene los vínculos entre las personas y entre las sociedades.»

David Bohm (1997). Sobre el diálogo. Barcelona: Kairós.

[1] Benjamin Veschi, 11/2018, en https://etimologia.com/dialogo/

[2] El hecho de que algunos sofistas establecieran escuelas de Retórica que, en ocasiones, se constituyeron en verdaderos negocios, hizo posible que algunos «charlatanes» se aprovecharan. Se puede aceptar que, de alguna manera, tras los excesos cometidos por algunos maestros de la oratoria, como Protágoras y Gorgias, el término «sofista» adquiriera un significado peyorativo. El éxito de los rétores‑sofistas fue enorme; el mismo Sócrates fue considerado uno de ellos, hasta el punto de que Las Nubes de Aristófanes lo caricaturiza como maestro de sofística.

https://www.cervantesvirtual.com/portales/retorica_y_poetica/sofistas/

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