La acomodación al sistema económico-social en el que vivimos es, hasta cierto punto, una conducta de supervivencia. Todos los que analizamos, criticamos y ponemos en cuestión la justicia del bucle capitalista estamos totalmente sumergidos en él. El indicio más claro de esto es que podemos escribir, publicar o disertar en público sobre ello, y sin habernos acomodado a sus reglas no podríamos estar activos dentro de un sistema, que a su vez nos permite criticarlo porque no teme ser puesto en cuestión.
¿Por qué no teme ser deslegitimado? La respuesta es sencilla: su globalización, universalización y arraigo en toda forma social de existencia que se considera aceptable es tan firme, que en el fondo los que no viven en la primera división de esta competición inagotable, lo que aspiran es a entrar en ella. O el capitalismo es ciertamente potente, o los humanos carecemos de imaginación y no hemos hallado otro sistema que funcione con tanta eficacia.
El hecho de atribuir la responsabilidad a las minorías más ricas -multinacionales, bancos, …- que se enriquecen cada vez más con este sistema, no es una justificación del todo satisfactoria, ya que si tan mal viviéramos muchos otros la cuestión consistiría en liderar una resistencia contra un sistema de vida demoledor.
Sin embargo, ¿Cómo vamos a resistirnos a una forma de vida que nos permite ocupar un lugar privilegiado, gozar de los lujos placenteros y, a pesar de todo, basar nuestro discurso en su crítica feroz? Es como convertirnos en monstruos del sistema, encubiertos; en cuanto podemos mostrar la cara y la cruz, la primera ese rostro disconforme con el estatus quo, la segunda ese goce que nos proporciona estar inmersos en un bucle que nos favorece.
En definitiva, somos impostores no descubiertos, embaucadores que practicamos la charlatanería sin ruborizarnos, creyéndonos más allá del bien y del mal -para acallar nuestra conciencia-. Y lamento reconocer que, en este sentido, algunos de esos farsantes somos los filósofos. Al menos, hasta que nuestro decir no sea praxis auténtica y los demás sepan quiénes somos por nuestras acciones y, tras ellas, por nuestras palabras.

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