Estar, para dejar de estar.

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Tu presencia es abrumadora, de ahí que tu ausencia sea tan lacerante. Y siempre permanecerás pululando como un aroma en el aire, otra posibilidad no hay. Respiro el rastro que has dejado para poder oxigenarme y eso me vivifica y me mortifica, porque es esa inspiración de los gases de tu disposición que me apremia la exhalación de tu carencia. Ese baile desacompasado de contrarios que late en mi interior.

Ese cordón umbilical, hendido en su día, resta simbólicamente intacto, aunque la desvinculación sea procesual, siempre hay un instante en que, como un aguijón, notas el dolor y la sangre fluyendo lenta y continua. Eso es ser madre y, ser hijo es construir tu vida como tú mismo, dejando atrás ligaduras, que no afectos. Ir dando forma a tus huellas, con lo que te llevaste, pero sin mirar atrás. Ya habrá tiempo para eso, quizás el tiempo en el que me hallo y que desde aquí expreso y al decirlo reconstruyo indefinidamente.

Dicen que es la vida, que es ley de vida; y yo recuerdo huir de mi nido originario con pasión y alegría. Así debe ser para ti, un horizonte abierto que vas configurando con tus propios pasos, aunque a algunos nos lleve a una paradójica melancolía: la de añorarte, siempre, y la de saber que tú ya estás con la vida en tus manos, tus decisiones, tu libertad y autonomía.

El síndrome del nido vacío, categorizado desde el lugar de origen, es una parcialidad algo egoísta. Naciste o te nací, para que vivieras tu vida. Sé que no es fácil, ni que la vida haya sido el mejor regalo que te he hecho, lo sé, pero ahí estás, y ahora solo cabe que aprendas y la disfrutes como haces, al margen de los que nos hemos quedado en el nido con un polluelo menos. Ese es problema nuestro, y una reconstrucción continua de quiénes somos.

Del algún modo, vivir consiste siempre en lo mismo, en asumir los tiempos que transcurren y hallar nuestro lugar en cada uno de ellos. Tú estás sumergido en el mismo entresijo que yo, o nosotros, solo que los tiempos son otros: cada uno tiene su tiempo y entre los nuestros lo único en común es el amor que nos une. Y amar es dejar que el otro sea quien decida, aunque ese tránsito sea doloroso para quien ama, ya que, a la vez, es bello contemplar como alzas y planeas el vuelo.

Presencias y ausencias, ¿que son sino lo vínculos?

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