El suceder y nuestra fortaleza.

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Hay un burro, un cuadro pintado, que me mira obstinadamente de frente, como si me clavase su condición en mi conciencia. Cargando con unas alforjas henchidas por sendos lados, el peso que sostiene es equivalente a la culpa que sus ojos me confieren.

Sometidos y cometedores, abusados y abusadores, es la alianza no deseada -mayormente- entre unos y otros. Todos hemos ejercido a lo largo de nuestra existencia ambos roles. Si recorremos agudamente nuestro hacer respecto de los otros podremos identificar a las personas a las que dominamos con agrado y poderío; así como los momentos en los que éramos víctimas de un poder mayor -en el sentido que fuere- y nos sentimos bajo el influjo inevitable de ese ejercer un poderío ajeno.

Este juego de relaciones con los otros no se limita a lo expuesto. Somos uno siempre respecto de los otros en cualquier otra circunstancia y así se entretejen las redes que vinculan. Tal vez, no deseemos algunos lazos, y otros sí. Aquí reside nuestra posibilidad de elegir, no sin dificultades, confusos y dubitativos, qué vínculos nos potencian y cuáles nos anulan. Diría que esa es la historia de nuestra vida: cómo supimos estar con quien nos animaba con su proximidad a ir desarrollándonos cómo queríamos o podíamos; o, por el contrario, cómo caímos sedientos de afecto en las redes de quien pretendía conformarnos a su manera.

¿Qué somos hoy? Esa dialéctica existencial, que oscila entre los deseado y lo posible para cada uno. Hemos recibido amor y padecida carencia. La habilidad, la fortaleza con la que hemos metabolizado ambos es nuestro sentido actual de tranquilidad o, por el contrario, melancolía. Acude a mi mente esa frase de Sartre, que no reproduzco probablemente de manera literal, que asevera que no podemos elegir lo que pasa, pero sí la actitud y qué hacemos con lo que  pasa. O, en otros términos, el suceder y la transformación liberadora ante él.

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