El paisaje humano y el animal.

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Últimamente, por razones que no vienen al caso, salgo a menudo a la terraza. Es un cuarto piso desde el que se divisa un parque de lujo. Me apoyo en la barandilla y observo los distintos momentos del día -inclusive, a veces, la noche-. El amanecer convoca a una diversidad de perros con sus cuidadores a campar a sus anchas; el parque está vacío y los animales pueden correr sin restricciones. Los humanos, que acompañan a los perros, se agrupan y conversan; algunos creo que han entablado cierta amistad y en otros momentos del día o los fines de semana quedan para tomarse algo mientras charlan. Curiosamente los perros juguetean o se dispersan, pero han logrado unir a sus cuidadores.

A medida que avanza la mañana el parque empieza a convertirse en un trasiego de gente, un cierto jolgorio, niños jugando a fútbol, en los columpios, enfrentándose no solo al placer de relacionarse con los otros, sino también a experimentar los límites que los otros y el mundo nos imponen. Unos ríen, algunos acaban llorando. Los padres también se agrupan, como sucede con los que tienen perros. Entablan conversaciones diversas, desde las cuestiones de actualidad hasta las dificultades de la crianza de los hijos.

El parque está repleto de bares con terrazas cubiertas por toldos y, lógicamente, se ha convertido en un lugar de reunión para muchos.

Entre tanta normalidad veo y miro otro tipo de gente, los que no cuentan, los que llevan la casa acuestas, los que arrastran carros con metales para revenderlos y los que osan acercarse a las terrazas de los bares a pedir una contribución para su sustento. Hace un rato, es de madrugada, he visto un chico solo gesticulando de manera compulsiva; cada gesto ha sido como un rayo que me ha tocado de pleno. Alguien que no podía dormir y a las tres de la madrugada sale a la calle, solitaria y solitario. Desconozco quién hay en ese cuerpo que no puede controlarse, si alguien le echará de menos en su casa, o si la soledad la lleva tatuada en la piel.

Desde la terraza se ven edificios altos y arquitectónicamente nefastos, un conjunto que reza Ciudad de la Justicia de Barcelona, y otro Ciudad de la Justicia de L’Hospitalet. Entiendo que el nombre alude al conjunto de bloques, no a que ninguna de las dos ciudades sea de la justicia, ya que resultaría cínico, supongo que, en cualquier lugar del mundo, pero la que yo visualizo en el parque muestra toda una gama de clases sociales que deambulan cada uno con propósitos distintos. Una media-alta y otras diría que subsistiendo en precario o en la pobreza. La injusticia y la desigualdad son dos personajes más que se pasean por el parque lleno de árboles frondosos y, en breve, floridos.

He constatado también que hay una diversidad de aves que habitan y saltan por los árboles: cotorras, jilgueros, golondrina común, el vencejo, el Mirlo, la cigüeña blanca y la grajilla. Así como una superpoblación de palomas y gaviotas. No siempre se pueden contemplar, algunas solo en contadas ocasiones y sobre todo en primavera. Es como si fuesen dos mundos paralelos: el de los árboles y el que hay a ras del suelo, en ocasiones se interfieren, pero los de arriba intentan guardar las distancias.

Tras muchos años de vivir en la misma casa, he descubierto ese parque que conocía por su funcionalidad, cuando mis hijos eran pequeños, desde una perspectiva diferente y nueva: es, a lo largo del día, un desfile de situaciones en las que aparece reflejada nuestra sociedad. Con cierta parcialidad, ya que no deja de ser un espacio determinado en una ciudad específica. Sin embargo, como muestra de lo que puede ser la existencia de la mayoría de los ciudadanos, resulta significativa. Rituales poco costosos, búsqueda de compañía y de relaciones, y una cotidianidad que varían los días laborables y los fines de semana, pero que se repiten insistentemente.

Tengo que decir que a la mayoría de la gente se la ve disfrutar de eso que pareciendo poco es mucho. La simplicidad, la innecesaria parafernalia de otros y una vida de barrio que es envidiable en muchas ciudades.

Seguiré saliendo y observando desde la terraza aquello que el panorama me ofrezca, procurando leer entre líneas qué hay tras lo que veo desde una altura nada desdeñable.

Plural: 2 comentarios en “El paisaje humano y el animal.”

  1. Tus letras critican la desigualdad mientras celebra la belleza de lo cotidiano, usando el parque como microcosmos de la sociedad. Combina descripciones poéticas (los amaneceres, las aves) con denuncia social (los invisibles, la pobreza), culminando en una reflexión sobre la condición humana y la importancia de observar con empatía.

    Saludos.

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