La banalidad de la locura -cualquiera puede liderar un estado, esta fotografía es solo un ejemplo-
El silencio no es la ausencia de ruido, decía alguien que no recuerdo. Aludir al ruido como lo opuesto al silencio no es en absoluto una manera hábil de aprehender la diversidad de connotaciones que puede tener este estado.
Se puede guardar silencio por necesidad del sujeto de realizar una introspección, y quien así lo decide posiblemente se beneficiará de ello. Pero también se puede guardar silencio por miedo a que lo que digamos sea rechazado social, política o legalmente. Aquí, nos topamos con un aspecto nocivo del silencio.
Ese silencio es el que se impone en estados dictatoriales explícitos, aunque no solo. En las democracias se da el fenómeno de los relatos políticamente correctos y se cancelan aquellos que se consideran contrarios, subversivos y que pueden llevar a otros a cuestionar la validez de dichos relatos. Son formas sutiles de imponer el silencio porque, inclusive, hay individuos que ni tan siquiera se aperciben de que los han silenciado interiormente, ya que han aniquilado su capacidad crítica para elaborar sus propios pensamientos. En este sentido, los medios de comunicación de masas, y ahora internet y las redes sociales juegan un papel decisivo en la configuración de las opiniones que consideramos propias, aunque no lo sean. Detengámonos en esto.
Desde el momento en el que el sujeto acude a consultar medios tradicionales de comunicación, como pueden ser la prensa y la televisión, se encuentra con relatos contrapuestos. Sin embargo, los hay que tienen más presencia, más poder y se erigen como los medios más prestigiosos. Y no porque se haya contrastado que son los más veraces, sino porque forman parte de un lobby que los controla.
Las redes sociales e internet pueden ser una resonancia amplificada de los ya tradicionales, en tanto en cuanto los sujetos defienden a capa y espada los relatos que han asumido como propios, sin serlos. La cuestión es ¿cómo podemos acceder a una información veraz? Si asumimos que la objetividad no es posible, aunque no haya intereses ajenos que nos presionan, y que todo se dice desde la perspectiva del sujeto que habla, expresa y da cuenta de esos hechos, como si fuesen algo que puede ser visto en estado puro, entonces deberíamos tener en cuenta quién narra los hechos, desde qué posición los narra y si se convierten en una versión maniquea de estos. La contrastación de unos relatos y muchos otros pueden llegar a aproximarnos a un cierto equilibrio en el juicio sobre lo fáctico. El problema es que ni tenemos la cultura de nutrirnos de diversas fuentes, ni ciertamente tendríamos tiempo de hacerlo de una forma exhaustiva.
Un ejemplo reciente, que se me ocurre, es la negativa del presidente del gobierno español a aceptar el incremento del gasto en un 5% del PIB, junto con el resto de los socios de la OTAN. Si nos remitimos a las declaraciones públicas de Sánchez, parece que no ha firmado ese acuerdo y que el resto ha aceptado que España se quede en el 2’1% del PIB. Sin embargo, la cuestión es muy ambigua, ya que parece ser que sí firmó el documento, y lo que hizo después fue declarar ante los medios que sus compromisos los cubriría con el 2,1% del PIB, ante lo cual el capo Trump arremetió y amenazó seriamente a España con cobrarse el dinero de otra manera.
Aquí hay una cierta trampa, y la denomino así porque la entiendo intencionada, que hace referencia al funcionamiento de la Alianza Atlántica: los socios funcionan por objetivos de capacidades que cada miembro debe cumplir y que no son homogéneos, en el sentido de que, según la posición geográfica, las infraestructuras, etc. cada miembro tiene asignados unos compromisos. Según revela Joaquín Vera, en un artículo publicado ayer en el periódico La Vanguardia, los socios de la OTAN establecieron un 5% por las exigencias de Trump, pero que casi arbitrariamente podía haber sido otra cifra. Así, lo que el presidente español quiere decir es que los objetivos de capacidades que el estado debe cubrir -avalado por las fuerzas armadas- supone un 2,1% del PIB. El secretario general de la OTAN le ha comunicado al España que considera que tendrá que llegar hasta el 3,5% para cumplir. Tengamos en cuenta que este objetivo porcentual debe asumirse a lo largo de diez años. En síntesis, ¿Quién miente? ¿Quién tiene razón? Pues de aquí a cuatro años que se revisan los compromisos de todos y cada uno de los socios se verá si las prospecciones de Sánchez son certeras o no. Y, en cualquier caso, ¿Quién gobernará España, entonces?
La cuestión es que no hay hechos sino interpretaciones o relatos construidos a partir de ciertos sucesos que muestran una perspectiva u otra, siendo a menudo, dispares. Esto solo desconcierta y desactiva a los ciudadanos que o se quedan con el relato a pies juntillas de un partido o una tendencia política, o se queda inmerso en un mar de dudas, confusiones y, al fin y al cabo, rabia de constatar que no puede haber democracia sin ciudadanos bien informados, sino títeres en masa que apoyan unas versiones u otras.
Como contrapunto, podemos plantearnos que nuestro entorno próximo nos proporciona datos a partir de los que sí podemos intervenir con algo más de garantías de estar visualizando los problemas en toda su complejidad, y actuar en esas pequeña/grandes cosas que ayudan a cambiar la forma de habitar el mundo de algunos.

He leído el artículo de Filosofía del Reconocimiento y no deja indiferente. Invita a mirar más allá del ruido y recuperar la voz crítica en medio de tanto relato impuesto.
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