¿Qué es un escrito si nadie lo lee? ¿Lo escrito se graba para ser leído? ¿Y si no hay más lector que su autor?
Quizás las palabras permanecen recluidas en el campo del significado subjetivo de quien tejió esas frases, posiblemente con el ánimo de que alguien les diera vida propia. Hay quien dice que no escribe para ser leído, sino para ordenar y dar forma a su pensamiento. Esto último sucede a quien escribe, sin duda, pero que se escriba sin pensar en ningún instante que alguien, que aún es anónimo, ocupará el lugar de lector que interpreta y se siente removido por lo plasmado en el papel o la pantalla, es casi incomprensible, o difícil de creer. La escritura surgió por la necesidad de preservar ideas y pensamientos para poder ser comunicadas, más allá de la memoria individual o colectiva. Los textos son el residuo fiel de quien gestó esas ideas que, sin ser deformadas al trasladarse de uno a otro, pueden ser releídas tal cual fueron escritas.
Aunque sea solo otro singular, escribimos para transformarnos y transformar lo otro, los demás, el mundo. Sin ser leídos, las elucubraciones, reflexiones y la experiencia volcada se pierden en la neblina del tiempo como si nunca hubiesen existido. Si no hay lector, no hay escritor. O hay quien escribe para sí mismo, como una rara avis, que no necesita de la interacción para constituirse.

Hay infinidad de cosas escritas que nadie lee. Las plataformas, los medios, algunos críticos o criterios de ventas y los algoritmos nos dicen qué hay que leer.
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