El franquismo y los baby boomers -tras cincuenta años de la muerte del dictador-

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La generación de los Baby boomers somos en España hijos del franquismo. Vivimos, los más jóvenes de la gran hornada, los estertores del franquismo y esa transición tan falsa con la complicidad de todos los partidos que nunca ha sido capaz de pasar cuentas a los asesinatos impunes de la dictadura. Sigue habiendo zanjas donde se sabe que hay cadáveres, que eran personas con nombres y apellidos, que no se exhuman. La ley de memoria histórica es un esfuerzo contracorriente contra las fuerzas ultraderechistas que siguen vivas en el seno de una sociedad que nunca reparó las injusticias.

Los hijos del franquismo tenemos vívidos recuerdos de las recomendaciones que recibíamos en casa de no hablar nunca de Franco ni de política. Crecimos con un cierto miedo a hablar, aunque después ya no hemos sabido callarnos.

Nos educamos en las denominadas escuelas nacionales en las que algunos iniciaban el día cantando el  “Cara al sol”,  la historia siempre era el pasado porque del presente no se hablaba, y si se hacía alguna mención era para inocularnos que Franco salvó a España del caos. Educar era moldear la conducta a base de palos, tanto en la escuela como en muchas casas. Nunca se daban razones, motivos que nos hicieran comprender qué había de malo en nuestro comportamiento. Lo importante era someternos, no que pensáramos o entendiéramos nada.

Fuimos una generación que no aprendió otras lenguas, ya que lo pretendido era dificultar lecturas o contactos con otros países, que cuestionaran nuestro sistema político. La excepción fueron los hijos de clase alta que tuvieron acceso al estudio de otros idiomas -sobre todo el inglés-. En las escuelas se enseñaba francés -en Catalunya por cuestiones turísticas-, pero un nivel para entender lo básico, nunca para ser capaces de leer en otras lenguas que no fueran el español.  Para acceder a la Universidad, las pruebas no incluían otros idiomas. Llegabas a la Universidad dominando solo la lengua patria.

Gracias a que degustamos algo de esa dictadura militar, fuimos durante la adolescencia y la juventud una generación que quiso romper con las tradiciones anquilosadas sin sentido: se inició el movimiento de liberación de la mujer que empezó a acceder a la Universidad, apostó por zafarse del patriarcado todo lo que pudo y fumó; sí, fumó mucho porque eso parecía exclusivo de hombre, empezó a usar más pantalones que faldas, se lanzó a vivir su sexualidad desde ella misma y clamó por la libertad, la igualdad de oportunidades para todas las personas, ser comunista era un puntazo y acudir a cuantas manifestaciones había, también. Fue un despertar abrupto que después fue situando su rumbo.

Así, el intento de golpe de Estado por parte de militares el 23 de febrero de 1981 fue sentido por los baby boomer como si hubiésemos vivido la guerra civil, no solo la dictadura. El miedo y la angustia de aquellas horas fue espantoso, porque aún desconocemos el papel que jugó el entonces jefe del estado Juan Carlos I, triste ¿no? Nuestra democracia es de plastilina, se puede adaptar siempre que no aborde cuestiones referidas al franquismo y a los militares -que siguen siendo algo intocable, o como mucho se dejan rozar un instante-.

Tras cincuenta años de la muerte del dictador, solo puedo lamentar que viviese tantos años, que nuestra democracia se haya convertido en una manzana podrida por culpa de la ambición y el egocentrismo de la gran mayoría de políticos, pero NUNCA sentiré nostalgia de un régimen tiránico que no deja ni respirar a los ciudadanos. Apostaré por luchar por una democracia más auténtica, llevando a cabo las reformas que sean necesarias para mejorarla, aunque nuestro gran enemigo no es solo el aumento de la ultraderecha que quiere subir al poder en democracia para irla eliminando, sino un capitalismo ultra que es quien verdaderamente gobierna el mundo. Y para eso la libertad solo es necesaria hasta cierto punto en el terreno económico. Lo demás son banalidades.

De la misma manera que se nos anunció en la clase que Franco había muerto y todas -niñas de 11 años- empezamos a gritar de alegría ante el pavor de la profesora que intentaba hacernos callar, hoy deseo celebrar la muerte del dictador. Hay muertes que merecen ser celebradas, se me ocurren muchas, pero hoy disfrutaré y festejaré la muerte de quien destrozó la vida de millones de personas. Que arda en el supuesto infierno.

Plural: 3 comentarios en “El franquismo y los baby boomers -tras cincuenta años de la muerte del dictador-”

  1. ¡Filósofa! me asombra que mande al infierno a alguien que su lugar a pulso se ganó…El problema no son los muertos, sino aquellos que suspiran por ellos, los «adultos mayores» (para ser políticamente correctos, como lo indica mi otro Yo ) que añoran volver a compartir prebendas y glorias con él y los jóvenes ( Ojo, no dije generaciones ingenuas prófugas del ácido fólico, como mi otro Yo me disuadió de hacer) que creyeron las mentiras y los mitos de los «fachos» miembros de su familia que aún añoran los días de garrote vil y horca… Es a ellos a quienes debemos «educar» ( ¿o será purgar? )… saludos desde el otro lado del charco…

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