Tendemos a pensar el tiempo como lineal, proyectamos o en su origen latino –proiectare- lanzamos hacia adelante hechos futuribles, que no son estrictamente hechos porque no han tenido lugar, aunque creemos que son posibles. Unas veces por el poder de nuestra voluntad, otras veces porque el presente apunta hacia ellos.
Sin embargo, si analizamos con detenimiento cómo la existencia marcha, va o se desenvuelve, nos apercibimos de que el tiempo, y la existencia en él, parece ser dinámico en espiral. Avanzamos en una curva que se repliega en la anterior, el pasado, que repetimos siempre matizado, y torna a avanzar en otra pequeña curva que vuelve a replegarse.

Algo parecido a la imagen anterior. ¿Qué implica atribuir esta forma al modo temporal en el que se despliega la existencia? Fundamentalmente que hay momentos plenos, cuando subimos, y momentos de dolor, cuando bajamos, y que repetimos errores, aunque nunca de la misma manera, ya que siempre hay una ínfima diferencia, un matiz, de lo que aprendimos anteriormente. La espiral es en ocasiones más alargada y, en otras, más concentrada; como si la existencia fuese más calmada o bien una agitación constante.
Pensando, basándonos en esta imagen, también percibimos cómo el tiempo histórico puede desarrollarse en periodos prósperos y serenos, o convertirse en un huracán incontrolable. El año que acabamos de estrenar apunta a desplegarse como una espiral muy comprimida. Los conflictos bélicos heredados del año anterior se unen al definitivo ataque, bombardeo de EE. UU. a Venezuela. La excusa que pretende Norteamérica que legitime su agresión es la implicación del estado venezolano en el narcotráfico, en especial su presidente Nicolás Maduro. Este es el relato creado en momentos en los que la posverdad se lleva el gato al agua. El motivo más plausible es apoderarse del petróleo venezolano para interés de EE. UU.
El movimiento geopolítico, que nos hace regresar a los momentos más violentos y bélicos, consiste en cómo EE. UU. y Rusia se reparten otros territorios. Rusia parece tener vía libre en Ucrania, sean las que sean las declaraciones de Trump, los sucesos hablan por sí solos. Israel, por interés también norteamericano, está exterminando al pueblo palestino. En los últimos días Israel ha expulsado a más de veinte ONGs de Palestina, y se han descubierto webs en los que se anuncian apartamentos de lujo en Cisjordania. Algo que remite al resort del que ya habló hace tiempo Trump que quería construir en Gaza. Mientras tanto, China, mucho más silenciosa y sutil, se merienda el mercado tecnológico y automovilístico, entre otros. Aunque no renuncia a Taiwán. El resultado: una incertidumbre geopolítica en el que Europa se hunde y los estados históricamente imperialistas regresan a sus prácticas añoradas. Y en general y grave, el Derecho Internacional ha muerto. Violado por Rusia, Israel y EE. UU. deja de ser creíble para nadie, aunque paradójicamente los tres declaran actuar según él, y pueden, en consecuencia, atacar a cualquier otro país que lo viole según su parcial criterio.
Recordemos que el marco jurídico del Derecho Internacional Público es un conjunto de normas jerarquizadas y coordinadas que se aplican a las relaciones externas entre sujetos soberanos, es decir, entre Estados y otros sujetos de derecho internacional como las organizaciones internacionales. Este marco busca regular las relaciones y consensuar los mecanismos jurídicos disponibles para todas las partes implicadas, ofreciendo seguridad jurídica a las relaciones internacionales.
Sin esta herramienta jurídica cada estado podría hacer lo que quisiese, que es lo que de facto está sucediendo con relación a los tres estados mencionados, por lo que podríamos afirmar que muerto el Derecho Internacional, todo está permitido, o mejor hallado, los nuevos reguladores del mundo ya no son las leyes, sino la voluntad de potencias como la americana, rusa, israelí, china, …
En otros términos, si un estado quiere eludir problemas bélicos debe arrimarse al menos a uno de los estados dominadores del mundo. Parece que ya no hay una guerra fría entre dos bloques, sino una guerra en ebullición entre al menos tres bloques: americano, ruso y chino, que de manera clara pero secreta se reparten los recursos del planeta. Afinando aún más, quizás podríamos hablar de dos bloques, ahora con más peso cada uno: el americano-israelí y el ruso-chino.
Mientras, los ciudadanos, mueren reventados por bombas, drones. Se manifiestan en distintas partes del mundo, pero carecen de poder alguno para ejercer auténtica presión contra los bloques de la falta de conciencia moral.
El año 2026 será, pues, una espiral muy contraída en la que casi no quedará margen de reacción, o mejor sería de acción, ya que sobrevendrán los acontecimientos con tal fuerza que no podremos más que recolocarnos continuamente por supervivencia.
La espiral externa condicionará la interna y tendremos que descubrir nuevas formas de resistencia para aguardar a que siendo todo dinámico y cíclico se alargue o extienda la espiral y tengamos la oportunidad de rehacer lo destruido.

Cuando de joven leía las distopías clásicas, no podía imaginar que nos tocaría vivirlas de esta manera tan brutal, inhumana y descarada.
Ojalá que esa bonita trenza temporal que has compartido esconda algún recoveco para que corrija este sinsentido.
Mis mejores deseos, en lo posible, para 2026. Un cordial saludo!
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Gracias, José Manuel, por leer y los deseos, aunque me temo que el 2026 pinta con más horror y brutalidad – si cabe- que el año dejado atrás. Un abrazo!
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Gracias por compartir esta reflexión. Me ha parecido una lectura sugerente y bien articulada, que invita a pensar en la complejidad del tiempo histórico y en cómo se entrelazan los ciclos personales y colectivos. Se agradece encontrar textos que abren preguntas sin imponer conclusiones. Un placer leerte.
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Muchas gracias!!!!!!
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Pensar el tiempo como una línea recta ha sido también una forma de creer en relatos estables: causas claras, efectos previsibles, futuros calculables. En la era de la posverdad, esta concepción se resquebraja. Ya no proyectamos el porvenir desde hechos comprobables, sino desde narrativas emocionales que se presentan como posibles y terminan operando como si fueran reales. El futuro deja de ser un acontecimiento por venir y se convierte en una creencia anticipada, sostenida más por el deseo o el temor que por la verificación.
La idea del tiempo como espiral revela con mayor crudeza esta condición: no avanzamos hacia verdades nuevas, sino que regresamos una y otra vez a versiones remodeladas del pasado. La posverdad no inventa de la nada, sino que reutiliza fragmentos históricos, los reordena y los carga de sentido según la urgencia del presente. Así, cada repliegue temporal no es una repetición fiel, sino una reinterpretación interesada, donde los hechos se matizan, se omiten o se exageran hasta volverse irreconocibles.
En este movimiento espiralado, la existencia se desplaza entre lo vivido y lo narrado, y la verdad pierde su anclaje ontológico para convertirse en un efecto de discurso. El tiempo histórico ya no es el registro de lo que ocurrió, sino el escenario donde compiten relatos por imponerse como memoria y como promesa. La posverdad, entonces, no distorsiona el tiempo: lo habita, lo curva y lo utiliza, haciendo del devenir no un avance hacia la claridad, sino una reiteración cada vez más sofisticada de la confusión.
Gracias Ana de Lacalle,
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