El buen hacer consiste en hacerse responsable de los compromisos adquiridos -con uno mismo o los otros- de la mejor manera que uno sabe. A quien hace todo lo que puede no es de recibo exigirle más. Lo problemático del asunto se evidencia cuando hay un aparente buen hacer, pero que no es real. En ocasiones porque uno se desentiende de sus compromisos y brilla por su ausencia, en otras porque de lo que uno es capaz no es suficiente.
Entre ambas contingencias, quien asume el compromiso y, tal vez, hiperboliza ese ligamen, entra en un agotamiento que desestabiliza otros compromisos que también ha asumido. Aquí empieza el padecimiento y la frustración para quien desea el buen hacer.
Por supuesto, todo hacer, aunque lo adjetivemos de bueno, es mejorable. Sin embargo, también podríamos afirmar que hay un umbral mínimo para que ese hacer pueda ser catalogado de bueno. Ahí es indispensable el esfuerzo y la voluntad de ser responsable, ya que su falta de compromiso perjudica y daña a otros.
Lo mejor en situaciones de discordias es retirarse a tiempo. Ese tempo en el que es oportuno cerrar etapas se halla justo antes de que quien sea pase de la comezón interna al conflicto abierto con otros.
Saber identificar ese momento es crucial, por uno mismo y los otros.
Seguramente muchos habéis tenido la experiencia que intento describir y es nociva porque puede derivar en actitudes que lleven a que nadie se preste al buen hacer. La sensación subjetiva de que la incomprensión y la desigual exigencia derivan en una obsesión que escuece y agota.
Para que un equipo humano funcione en una tarea concreta debe haber un compromiso equivalente por parte de cada miembro del grupo -con lo que comporta ese buen hacer-, por el contrario, las chispas y desavenencias saltarán de una manera u otra, con templanza o con rabia, y eso siempre va, principalmente, en contra del propósito que el equipo debía cumplir. No es necesario alargar la agonía de nadie, al buen hacer debe corresponderle una retirada a tiempo.
