La violencia, en sus distintas formas, es uno de los problemas más graves que enfrentamos. La que parece obvia para todos, es decir la derivada de la delincuencia común; la que imponen los estados, unos contra otros por invasiones territoriales, intentos de expulsión o exterminio; la que reparten por doquier las mafias de tráfico de personas, narcotraficantes; la estructural del sistema capitalista, clasificando a los individuos según su poder adquisitivo y aislando a muchos en una situación de pobreza casi irreversible y otra acomodada; la que se produce a quien es diferente, por motivos de género u orientación sexual, raciales, y contra la mujer.
Seguramente, podría haber mencionado algún tipo más que he olvidado. En cualquier caso, fijémonos que hay individuos que por su condición reciben violencia constantemente desde varios focos: no ser de raza blanca, ser inmigrante, pobre, mujer, inclinación sexual o identidad de género; están excluidos, en definitiva, y son pasto del crimen organizado. Quienes se hallan en esta encrucijada de golpes y mazazos sobreviven como pueden y acaban sometidos a alguno de los poderes fácticos que ejerce algún tipo de violencia. Son los “machacados” de la sociedad, aquellos en los que se vierte toda la ira y el odio que internamente se cultiva y que exige alguna manera de manifestación.
Así, ser objeto de la mayor violencia parece una cuestión de azar, ya que las condiciones mencionadas no son principalmente elecciones.
Aunque parezca contradictorio, los más violentos son los que más miedo profundo padecen: sienten pavor a ser desbancados de su situación de privilegio y rebuscan “razones” que hagan de colectivos enteros objeto de menosprecio y exclusión. Operan con la máxima de la mejor defensa es un buen ataque, y proceden antes de sentirse ni tan siquiera cuestionados social o políticamente.
La violencia, que en su origen sirve para la supervivencia de la especie, se ha convertido en la estrategia de los que más tienen que perder en esta sociedad y cultura que confunde el ser con el tener. Si se tiene, hay que conservarlos aunque sea violentamente, ya que creen que lo que tienen determina lo que son. Y, aunque podamos discrepar en lo fundamental, es verosímil según la experiencia que quien vive más cómodamente es quien más tiene, al margen de lo que sea.
Las indagaciones profundas sobre cuestiones sustanciales no conectan, a menudo, con ese sentido común que se gesta a partir de la experiencia. De ahí, que, aunque no podamos con cierta rigurosidad confundir el ser con el tener -no en sentido metafísico, sino material-, la sociedad jerarquiza de manera acusada según las pertenencias, o sea el poder. Por ello, quien aspira a ser respetado y tener una existencia sin carencias, se obceca en tener, con la convicción de que ya se ocupará de ser tras salir de la miseria. Una falacia más que parte de que no hay conexión entre lo que somos y lo que tenemos, y sí la hay. Sin perder de vista el sentido en el que negábamos la conexión, hay innegablemente una influencia que condiciona y provoca que conforme vamos adquiriendo bienes, nos vamos transformando en aquellos que maldecíamos por su actitud hacia los miserables.
Ser es una manera de estar en el mundo; tener, una acción en el mejunje del mundo. Interactúan, y lo que hacemos nos decanta hacia una forma de ser, aunque es posible actuar sin que esa acción desnorte aquello que vamos eligiendo ser, en la medida en la que es posible. Quien se ocupa de ser siente una exigencia mayor que quien se somete al tener.
