No es necesario ser un héroe, y, menos aún, para nosotros mismos. El nivel de presión externa e interna -a veces, es la más dañina- que somos capaces de soportar es único, distinto para cada sujeto, y la consideración que nos merecemos es nuestro propio respeto, tenernos en cuenta, sea cual sea esa capacidad de aguante.
La autoexigencia y el perfeccionismo acostumbran a ser una fuente inagotable de angustia. Nunca damos la talla, nos atraviesa el síndrome del impostor y nos atormenta parecer lo que, en realidad, no somos. Obviamente, todo esto a ojos propios, cuya mirada culpabilizante se clava como agujas casi imperceptibles por todo nuestro cuerpo. Siempre padecemos agujetas, es decir, punzadas agudas y exigentes que nos alertan de que aún no hemos saldado las expectativas depositadas en el horizonte, allí donde nunca alcanzamos a estar.
Tomar conciencia de este trato que uno se da a sí mismo es el primer paso para cambiarlo. Si lo que acontece no depende de nosotros, ¿no merecemos evitarnos el padecimiento que llevamos inoculado? Aquello que está a nuestro alcance es no autoflagelarnos, disolver la culpa a base de desintegrarla, mediante un paseo plácido por nuestro interior.
El cuidado de uno mismo es condición necesaria para disfrutar viviendo con los otros, y ese gozar asumiendo lo placentero y lo doloroso nos encumbra a lo más alto: llevar una vida digna, en la que como hemos explicitado no nos maltratamos ni a nosotros, ni a los otros. Ese es el horizonte posible, que paradójicamente deja de ser horizonte en cuanto lo alcanzamos.
Post anteriores sobre el tema, recomiendo: https://filosofiadelreconocimiento.com/2021/01/22/distincion-necesaria-entre-angustia-y-ansiedad/
