La semana ¿santa?

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Estos días de Semana Santa me chirrían, al igual que las navidades. Han permanecido en una sociedad laica como vacaciones sin ningún sentido litúrgico, como herencia cultural a partir de unas creencias en las que se gestó Occidente, o gran parte de éste. Sería más apropiado considerarlas vacaciones de invierno y vacaciones de primavera, respectivamente, para todos aquellos que no siguen credo alguno, o sea, la gran mayoría.

Sin embargo, también me produce cierta incomodidad observar cómo aquellos que, sí se declaran creyentes, siguen la liturgia como un hábito, sin que conviertan ese rito en una experiencia viva hoy: ¿Quién muere hoy en la cruz? ¿Quiénes son hoy los romanos y los judíos?

Identificar cómo se sigue crucificando hoy, no solo a un supuesto dios encarnado, si no a humanos concretos, a millones de ellos, a veces sin cruz, lenta y agónicamente, o salvajemente otras veces, es una acción de voluntad y de no huir de la corresponsabilidad que todos tenemos en estas acometidas de una violencia inmensurable.

Ojalá existiesen los milagros, como explican las escrituras, orientados a restituir la justicia. Cierto es que, a veces, no es nada fácil dirimir qué es o no justo; no obstante, entiendo que nunca puede ser justa la muerte de personas que tan solo se dedican a sus quehaceres para sobrevivir. Estas son, desgraciadamente, las principales víctimas de esas guerras, sin justificación alguna, que asolan el planeta en estos momentos.

También sería deseable que hubiese algo así como una justicia cósmica que reestableciera el equilibrio, y como un bumerán los drones y misiles fuesen a parar a esos patéticos insensibles y psicópatas que reparten la muerte a diestro y siniestro, como Trump, Netanyahu, Putin… bien seguro que puedo dejarme a alguno, pero estos son bastante ilustrativos.

Mientras no seamos consecuentes con nuestras creencias y tengamos la valentía de rebelarnos contra los señores de la guerra, el mundo seguirá siendo el pastel de algunos, que se reparten sin miramientos, aunque para ellos arrasen con miles de vidas humanas. El sentimiento de impotencia es intenso, pero ciertamente si todos los que nos oponemos a estas salvajadas nos levantáramos permanentemente, con insistencia y paciencia, con alguna acción que pudiera hacerse visible y tuviese repercusión, algo se movería o se cuestionaría.

Esperemos que a Trump lo pongan en su sitio los norteamericanos, ya que internacionalmente nadie ha sido capaz de unirse y hacerlo. A Netanyahu es más complicado, ya que no solo tiene el soporte de los ultraderechistas, sino que estos mismos le empujan a traspasar más límites. Caída la figura del actual presidente, llegaría otro igual o peor. Sin embargo, por mucho capital que tengan los judíos invertidos en el mundo -y no todos son sionistas excluyente- hay que frenarlos, porque trozo de tierra que consideren según el Talmud propiedad de los israelís, guerra nueva que iniciarán arrasando con las vidas de los que encuentren, “por terroristas”. Otro día analizaremos el uso que en este siglo se ha hecho de este término.

Bien pues, esperando que actúe la justicia cósmica griega o los milagros cristianos. O, lo que es más factible, todos nosotros en alguna acción memorable.

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