La voluntad de autenticidad en Nietzsche

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La autenticidad supone el coraje de situarse en los límites de cuanto nos rodea y nos hierbe en el interior. Una de las figuras más destacadas que fue capaz de existir en los márgenes hacia abismo fue, sin duda, Nietzsche. Tan solo poetas, o literatos sin sentirse maniatados por protocolos académicos y sistemas rígidos son comparables a él. Decía Zweig:

“su transformación dio lugar al deseo de contradecirse a sí mismo, de convertirse en su propio y principal antagonista. Una parte de sus libros se opone vehementemente a otra; cada «sí» se contrapone a un «no», y cada «no» a un «sí». Extendió los polos de su ser hasta el infinito para disfrutar de la tensión gravitacional que se generaba entre los extremos. Huyó de sí mismo para alcanzarse a sí mismo. (…) Esto lo llevó finalmente a una excitabilidad mental que rayaba la locura y tuvo resultados fatales”[1]

Stefan Zweig

No obstante, es admirable su pasión por la sinceridad que concibe como condición necesaria de su existencia, y esto no es más que ese impulso hacia la búsqueda de una verdad que nunca se alcanzará, ya que el dinamismo, la fluidez de todo cuanto hay, incluidos nosotros mismos, hace que este propósito sea de partida un actuar hacia el fracaso. Aunque ¿qué puede hacer un humano que sea relevante y con sentido, si no es buscar y rebuscar de nuevo y continuamente lo más auténtico de sí mismo? Será precisamente esta incansable lucha la que le llevará a los momentos más plenos en los que aviste nuevas profundidades, gracias al abandono de la quietud dogmática, y se aperciba de que cada experiencia de transformación, o podríamos decir deconstrucción, le lleva a partir de cero, de los rescoldos que restan de sí mismo con más ímpetu y pasión si cabe.

Ha elegido la más lúcida, auténtica y dolorosa de las existencias, pero una vez visto cómo afrontar y vivir plenamente la vida no hay vuelta atrás, y si hay alguien coherente, auténtico con lo que va descubriendo de sí y del mundo ese es el genio-héroe Nietzsche. Genio por la hipersensibilidad para aprehender lo que a otros pasa desapercibido, y héroe porque solo la tragedia eleva al humano a ese estatus.

Nietzsche es un “ejemplo” a seguir, y pongo comillas porque esto iría en contra de la autenticidad propia de cada uno, para los filósofos que se aferran a principios como muletas que son extensiones de sí mismos para no verse zarandeados. Cambiaba de principios cada vez que se apercibía, en la disección de sí mismo, que no se aproximaban o no eran coherentes con esa pasión por la sinceridad. Echamos de menos, a menudo, esa coherencia entre la búsqueda y los hallazgos contingentes con las acciones, formas de vida de los que dicen, pero no hacen, que somos la gran mayoría.

En este contexto, creo que puede entenderse un concepto encumbrado por unos y denostado por otros, a saber, la voluntad de poder. Esa potencia de seguir luchando contra uno mismo, aunque el dolor se torne agudísimo e implique atravesar los desiertos que Nietzsche atravesó a lo largo de su vida sin dudarlo. Esa voluntad que es pasión por la búsqueda eterna de una verdad, en consecuencia, inalcanzable.  Ese eterno retorno de la diversidad de transformaciones y experiencias de éxtasis, que le llevaron a comenzar una y otra vez pasando por todos los dolores y los placeres que pueden ser experimentados. Solo un humano que se sitúa más allá de lo propiamente humano puede elegir una existencia así. Soledad y locura.


[1] S. Zweig. Nietzsche, la danza sobre el abismo. Seriecero, Bauplan. 2025. Pg. 67.

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