Hay asuntos de los que no merece la pena hablar. El instante en el alguien, impotente, renuncia a abordar una cuestión es porque da todo por perdido y no alberga esperanza de que una brizna de aire desempolve alguna grieta o vericueto por el que entrar.
La vorágine desatada impide el matiz, la posibilidad de percepciones distintas y se intenta imponer una versión como la verdad, única e indiscutible. De poco ha servido que varios maestros de la Filosofía, de Kant y Hume a Nietzsche, procuraran mostrar cómo el sujeto desde su “lugar” construye” lo que acaba considerando verdades, y que solo una voluntad de poner distancia nos hace ver que no hay “verdad” en términos más que relativos.
Sin embargo, si estamos poseídos por la convicción de que el mundo es tal y como yo lo veo -el mundo en sentido amplio- nos encarcelamos en una perspectiva pétrea que impide que fluyan interacciones que renovando las brechas del mundo posibiliten una interacción fructífera en los ámbitos ético-políticos y sociales.
Ya vio el gran Heráclito que Amor-Discordia es un binomio en el que fluye lo real desde ese Logos cósmico que es el cambio, y, por ende, no se puede amar absolutamente sin que haya erosión que instale esa dialéctica dinámica que sostiene lo real. Con relación a lo que mencionábamos, supongamos que la verdad única y absoluta es el Amor, y que el relativismo o subjetivismo es la Discordia, ese caos que desestabiliza para estabilizar. Así, no se puede amar siempre absolutamente, como tampoco se puede odiar siempre sin un ápice de resquebrajamiento. La realidad es más compleja de lo que avistamos y la construcción de ella por parte del sujeto es dispar, cambiante, aunque busque cierto umbral de estabilidad -nunca plena, porque desaparecido un elemento del binomio desaparece el otro-.
En definitiva, la dimisión por parte de alguien de introducir la discordia en la percepción de un acontecimiento supone la victoria de lo absoluto, lo único y la imposición de discursos totalitarios. Bien vemos esto a diario en nuestros días y nuestras noches.

Hay una novela que me parece ilustra de una manera muy bella lo que tan bien explicas, «El Hiperión» de Hölderlin. La novela termina con esta frase del protagonista:
«Como el lance entre los enamorados, son las disonancias del mundo. En medio de la pelea hay reconciliación y todo lo separado se vuelve a encontrar.
Se dividen y vuelven al corazón las venas y una, eterna, ardiente vida es todo.»
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gracias ,Esther. Sí, muy atinado el texto de Holderlin que no tenía presente. Y gracias por leer y comentar!!!!!
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