El alba por acontecer, entre los fríos dedos, de quien se recuesta las últimas horas de la noche en un teclado, salvado del ruido, de toda mirada, en la privilegiada soledad que nos brinda la ocasión de habernos conocido.
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Se abre el día y se despliega en toda su extensión como excesivo, sobrado. A quien le falta el sentido le excede la vida.
Solo quien so-porta, sos-tiene la vida, calibra su gravedad.
Porque la fugacidad es relativa, una existencia inclemente resulta casi eterna.
Al aproximarse los estertores finales la necesidad de ser perdonado revela la auténtica conciencia del humano.
Nada somos para quien no quiere vernos.
Desvanecerse en el lugar y momento apropiados es, o una virtud generosa, o un complot sospechoso. Habitamos un país de virtuosos o de mafiosos, ahí reside la cuestión.
Aquel que no ha interiorizado un espíritu socrático –en cuanto a su ignorancia- tropezará mil veces en la misma piedra, por mostrar ésta, distinta apariencia.
Esculpidos por instantes primordiales, existimos regodeándonos en el recuerdo de lo que devino crucial.
La tentación de disponer de cuanto deseamos nos desdobla inexorablemente en lo que aparentamos y lo que ocultamos.