Entre desvaríos alocados e ideas ocurrentes, se despliega el día. Según el instante en qué me encuentre fijada a la pantalla, lanzo brochazos o atinadas pinceladas, aunque todas ellas son, al fin y al cabo, aspectos de una misma existencia.
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Que Dios sea real, brille por su ausencia y su atronador silencio en el mundo, resulta relevante para los humanos, que no una novedad empírica, pero una puta mierda, porque espectadores pasivos sobran.
Recitando a solas, poemas ajenos, evocamos sentires vívidos, presentes o añejos, que no hallan ocasión de dar voz a un mundo interno simplemente humano.
Algunos tienen la necesidad de ser tremendamente oleosos, quedar siempre por encima de quien sea, a costa de lo que sea.
De la naturaleza diabólica que todos alojamos se desprenden estrategias maquiavélicas que ninguneen al otro con su beneplácito. Todos somos Lucifer, no lo olvidemos.
Ceder a los impulsos no es debilidad, sino una exigencia merecida para quienes llevan reprimiendo su sentir largo tiempo, ante la desatada descarga de pasiones ajenas, sin ningún pudor ni respeto.
Un mazazo asestado en el talón de Aquiles ajeno, no se compensa con disculpas. Tal vez exija un empeño surgido de las entrañas que clame perdón.
Hay quien no entiende aún qué significa regurgitar la acidez vacua de la existencia. Solo necesita más tiempo.
Quedarse sin voz por exceso de agitación interna, exige pausar las palabras.
En un cubículo cerrado donde solo se dispone de palabras, éstas devienen lenitivos o cuchilladas.