Acabo de enterarme del fallecimiento de, a mi juicio, el mejor novelista de los últimos tiempos en lengua castellana. El corazón, nada blanco ya, me ha dado un vuelco. Enseguida ha acudido a mi mente que se marcha sin su deseado premio Nobel; una némesis que, según él entendía, ya sufrió su padre, el filósofo
