Cuando alguien solícito nos pide unas monedas por la calle, es cierto que no azotamos al eje del mal, respondiendo a esa persona con un desayuno o algún euro. Pero, aliviamos en algo su situación y no ahogamos el grito de nuestra sensibilidad.
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No es en vano el esfuerzo de asistir, acompañando de cerca, al ímpetu de crecer de los púberes que, por estar destinados a adolecer, necesitan el apoyo de un adulto cuya veracidad y honestidad oriente los afectos y sensibilidades en pos de lo auténtico.