¿Qué tipo de siendo es ese que, sin estancia propia, bambolea de la desidia al gozo como si la polaridad sostuviera la fantasía de una indefinición justificada? ¿Acaso sea el miedo a zanjar las posibilidades, creyendo que el tiempo nos espera y que la indecisión tiene cabida en la existencia? Un siendo que no es una noria, detenida en el espacio, trazando círculos sin avanzar. Antes bien, una espiral que contorneada por nuestras decisiones –y todo lo es, incluso la inhibición- avanza sin demora por el espacio y el tiempo de nuestra vida, forjando lo que no llegamos a ser o lo que somos.
Quien se eterniza en la ambigüedad del tránsito entre lo que no-es (como todos al venir a la existencia) y lo que quiere ser y debe ir determinando, agoniza preso de la ignorancia de sí mismo, incapaz de atisbar un mero esbozo de su identidad. El individuo se halla falto de los resortes que le deberían posibilitar constituirse. No hay pues voluntad de ligereza ni de frivolidad, aunque puede ser con mayor probabilidad absorbido por un entorno que ofrece satisfacción inmediata sin esfuerzo. Así, puede entenderse que una sociedad tienda a estructurarse con un tejido social cada vez más inestable y variable desde el mismo núcleo familiar y no facilite la cohesión social entre los individuos en ninguna de las formas que puede hacerse.
A mayor falta de consistencia e identidad del individuo más manipulable es el conjunto de la sociedad, por lo tanto la ruptura del tejido social, dela red de relaciones abre el espacio del individuo al abismo. Solo la sociedad de consumo saldrá en el momento adecuado a su rescate.
