Atendiendo a las diversas naturalezas que puede contener la desesperanza, quepa atribuir distintas expectativas a su manifestación. Así, identificamos desesperanza como ausencia de horizonte que nos mueva a vivir, o también podemos referirnos a la desesperanza como la ausencia y no necesidad de horizonte alguno. Establecidas estas dos actitudes ante una misma falta de sentido, las manifestaciones a través de la literatura, la filosofía pueden tener distintas finalidades.
En primer lugar, quien vive la desesperanza en su primera acepción está impregnado de angustia, de complejo de Sísifo en cuanto que por más que llega a la cúspide y está a punto de ver, la piedra se rebela y cae libremente de nuevo. Se siente, el desesperanzado una víctima de su impotencia, de su debilidad y tiende a autoinculparse públicamente, buscando tal vez el consuelo ajeno, el reconocimiento de ser lo que no siente que es, para poder continuar soportándose a sí mismo. Sería una forma de desesperación propia de quien se siente devorado por el vacío, e intenta a brazadas erguir la cabeza para demandar auxilio. Es la más común e hija del rastro de la confusión que la modernidad ha dejado en nuestra cultura.
En segundo lugar, encontraríamos ese concepto de desesperanza como la asunción de la falta de horizonte. Propia de aquellos que no tienen necesidad de creer en lo que racionalmente piensan que no hay. Aceptan el vacío de sentido externo de la vida, ya que lo asumen como un hecho biológico de una especie que sí tiene necesidad de sentido. Así habrá individuos que otorgarán un significado al existir y otros que serán capaces de aceptar la vida en bruto. Lo cual no implica que no consideren que los humanos, en cuanto seres racionales, emocionales y morales deban regularse por unos cauces éticos que les permitan conservar su dignidad, o su reconocimiento como iguales –atributos de una materia que llegó a pensarse a sí misma-
La desesperanza puede abocarnos o al victimismo o a la determinación, en función de la manera en que ésta sea vivenciada. Lo que parece claro es que la primera paraliza e inhibe ya que se entrega a la contemplación ajena, la segunda invita a la acción y a la decisión por cuanto lo valioso es el dominio de la propia vida.
